A la vacuna

A Andrés Bello
0 Altın Yaprak
Vasconcelos ilustre, en cuyas manos el gran monarca del imperio ibero las peligrosas riendas deposita de una parte preciosa de sus pueblos; tú que, de la corona asegurando en tus vastas provincias los derechos, nuestra paz estableces, nuestra dicha sobre inmobles y sólidos cimientos; iris afortunado que las negras nubes que oscurecían nuestro cielo con sabias providencias ahuyentaste, el orden, la quietud restituyendo; órgano respetable, que al remoto habitador de este ignorado suelo con largueza benéfica trasmites el influjo feliz del solio regio; digno representante del gran Carlos, recibe en nombre suyo el justo incienso de gratitud, que a su persona augusta, tributa la ternura de los pueblos; y pueda por tu medio levantarse nuestra unánime voz al trono excelso, donde, cual numen bienhechor, derrama toda especie de bien sobre su imperio; sí, Venezuela exenta del horrible azote destructor, que, en otro tiempo sus hijos devoraba, es quien te envía por mi tímido labio sus acentos. ¿Venezuela? Me engaño. Cuantos moran desde la costa donde el mar soberbio de Magallanes brama enfurecido, hasta el lejano polo contrapuesto; y desde aquellas islas venturosas que ven precipitarse al rubio Febo sobre las ondas, hasta las opuestas Filipinas, que ven su nacimiento, de ternura igualmente poseídos, sé que unirán gustosos a los ecos de mi musa los suyos, pregonando beneficencia tanta al universo. Tal siempre ha sido del monarca hispano el cuidadoso paternal desvelo desde que las riberas de ambas Indias la española bandera conocieron. Muchas regiones, bajo los auspicios españoles produce el hondo seno del mar; y en breve tiempo, las adornan leyes, industrias, población, comercio. El piloto que un tiempo las hercúleas columnas vio con religioso miedo, aprende nuevas rutas, y las artes del antiguo traslada al mundo nuevo. Este mar vasto, donde vela alguna no vieron nunca flamear los vientos; este mar, donde solas tantos siglos las borrascas reinaron o el silencio, vino a ser el canal que, trasladando los dones de la tierra y los efectos de la fértil industria, mil riquezas derramó sobre entrambos hemisferios. Un pueblo inteligente y numeroso el lugar ocupó de los desiertos, y los vergeles de Pomona y Flora a las zarzas incultas sucedieron. No más allí con sanguinarios ritos el nombre se ultrajó del Ser Supremo, ni las inanimadas producciones del cincel, le usurparon nuestro incienso; con el nombre español, por todas partes, la luz se difundió del evangelio, y fue con los pendones de Castilla la cruz plantada en el indiano suelo. Parecía completa la grande obra de la real ternura; en lisonjero descanso, las nacientes poblaciones bendecían la mano de su dueño, cuando aquel fiero azote, aquella horrible plaga exterminadora que, del centro de la abrasada Etiopía transmitida, funestó los confines europeos, a las nuevas colonias trajo el llanto y la desolación; en breve tiempo, todo se daña y vicia; un gas impuro la región misma inficionó del viento; respirar no se pudo impunemente; y este diáfano fluido en que elemento de salud y existencia hallaron siempre el hombre, el bruto, el ave y el insecto, en cuyo seno bienhechor extrae la planta misma diario nutrimento, corrompiose, y en vez de dones tales, nos trasmitió mortífero veneno. Viéronse de repente señalados de hedionda lepra los humanos cuerpos, y las ciudades todas y los campos de deformes cadáveres cubiertos. No; la muerte a sus víctimas infaustas jamás grabó tan horroroso sello; jamás tan degradados de su noble belleza primitiva, descendieron al oscuro recinto del sepulcro, Humanidad, tus venerables restos, la tierra las entrañas parecía con repugnancia abrir para esconderlos. De la marina costa a las ciudades, de los poblados pasa a los desiertos la mortandad; y con fatal presteza, devora hogares, aniquila pueblos. El palacio igualmente que la choza se ve de luto fúnebre cubierto; perece con la madre el tierno niño; con el caduco anciano, los mancebos. Las civiles funciones se interrumpen; el ciudadano deja los infectos muros; nada se ve, nada se escucha, sino terror, tristeza, ayes, lamentos. ¡Qué de despojos lleva ante su carro Tisífone! ¡Qué número estupendo de víctimas arrastran a las hoyas la desesperación y el desaliento! ¡Cuántos a manos mueren del más duro desamparo! Los nudos más estrechos se rompen ya: la esposa huye al esposo, el hijo al padre y el esclavo al dueño. ¡Qué mucho si las leyes autorizan tan dura división!... Tristes degredos, hablad vosotros; sed a las edades futuras asombroso monumento, del mayor sacrificio que las leyes por la pública dicha prescribieron; vosotros, que, en desorden espantoso, mezclados presentáis helados cuerpos, y vivientes que luchan con la Parca, en cuyo seno oscuro, digno asiento hallaron la miseria y los gemidos; mal segura prisión, donde el esfuerzo humano, encarcelar quiso el contagio, donde es delito el santo ministerio de la piedad, y culpa el acercarse a recoger los últimos alientos de un labio moribundo, donde falta al enfermo infelice hasta el consuelo de esperar que a los huesos de sus padres, se junten en el túmulo sus huesos. Tú también contemplaste horrorizada de aquella fiera plaga los efectos; tú, mar devoradora, donde ejercen la tempestad y los airados Euros imperio tan atroz, donde amenaza, aliado con los otros tu elemento cada instante un naufragio; entonces diste nuevo asunto al pavor del marinero; entonces diste a la severa Parca duplicados tributos. De su seno, las apestadas naves vomitaron asquerosos cadáveres cubiertos de contagiosa podre. El desamparo hizo allí más terrible, más acerbo el mortal golpe; en vano solicita evitar en la tierra tan funesto azote el navegante; en vano pide el saludable asilo de los puertos, y reclamando va por todas partes de la hospitalidad los santos fueros; las asustadas costas le rechazan, Pero corramos finalmente el velo a tan tristes objetos, y su imagen del polvo del olvido no saquemos, sino para que, en cánticos perennes, bendigan nuestros labios al Eterno, que ya nos ve propicio, y, al gran Carlos, de sus beneficencias instrumento. Suprema Providencia, al fin llegaron a tu morada los llorosos ecos del hombre consternado, y levantaste de su cerviz tu brazo justiciero; admirable y pasmosa en tus recursos, tú diste al hombre medicina, hiriendo de contagiosa plaga los rebaños; tú nos abriste manantiales nuevos de salud en las llagas, y estampaste en nuestra carne un milagroso sello que las negras viruelas respetaron. Jenner es quien encuentra bajo el techo de los pastores tan precioso hallazgo. Él publicó gozoso al universo la feliz nueva, y Carlos distribuye a la tierra la dádiva del cielo. Carlos manda; y al punto una gloriosa expedición difunde en sus inmensos dominios el salubre beneficio de aquel grande y feliz descubrimiento. Él abre de su erario los tesoros; y estimulado con el alto ejemplo de la regia piedad, se vigoriza de los cuerpos patrióticos el celo. Él escoge ilustrados profesores y un sabio director, que, al desempeño de tan honroso cargo, contribuyen con sus afanes, luces y talento. ¡Ilustre expedición! La más ilustre de cuantas al asombro de los tiempos guardó la humanidad reconocida; y cuyos salutíferos efectos, a la edad más remota propagados, medirá con guarismos el ingenio, cuando pueda del Ponto las arenas, o las estrellas numerar del cielo. Que de polvo se cubran para siempre estos tristes anales, donde advierto sobre humanas cenizas erigidos de una bárbara gloria los trofeos. Expedición famosa, tú desluces, tú sepultas en lóbrego silencio aquellas melancólicas hazañas, que la ambición y el fausto sugirieron; tú, mientras que guerreros batallones en sangre van sus pasos imprimiendo, y sobre estragos y rüina corren a coronarse de un laurel funesto, ahuyentas a la Parca de nosotros a costa de fatigas y desvelos; y en galardón recibes de tus penas el llanto agradecido de los pueblos. Con destrucción, cadáveres y luto, marcan su infausta huella los guerreros; y tú, bajo tus pies, por todas partes, la alegría derramas y el consuelo. A tu vista, los hórridos sepulcros cierran sus negras fauces; y sintiendo tus influjos, vivientes nuevos brota con abundancia inagotable el suelo. Tú, mientras la ambición cruza las aguas para llevar su nombre a los extremos de nuestro globo, sin pavor arrostras la cólera del mar y de los vientos, por llevar a los pueblos más lejanos que el sol alumbra, los favores regios, y la carga más rica nos conduces que jamás nuestras costas recibieron. La agricultura ya de nuevos brazos los beneficios siente, y a los bellos días del siglo de oro, nos traslada; ya no teme esta tierra que el comercio entre sus ricos dones le conduzca el mayor de los males europeos; y a los bajeles extranjeros, abre con presuroso júbilo sus puertos. Ya no temen, en cambio de sus frutos, llevar los labradores hasta el centro de sus chozas pacíficas la peste, ni el aire ciudadano les da miedo. Ya con seguridad la madre amante la tierna prole aprieta contra el pecho, sin temer que le roben las viruelas de su solicitud el caro objeto. Ya la hermosura goza el homenaje que el amor le tributa, sin recelo de que el contagio destructor, ajando sus atractivos, le arrebate el cetro. Reconocidos a tan altas muestras de la regia bondad, nuestros acentos de gratitud a los remotos días de la posteridad trasmitiremos. Entonces, cuando el viejo a quien agobia el peso de la edad pinte a sus nietos aquel terrible mal de las viruelas, y en su frente arrugada, muestre impresos con señal indeleble los estragos de tan fiero contagio, dirán ellos: «Las virüelas, cuyo solo nombre con tanto horror pronuncias, ¿qué se han hecho?» Y le responderá con las mejillas inundadas en lágrimas de afecto: «Carlos el Bienhechor, aquella plaga desterró para siempre de sus pueblos». ¡Sí, Carlos Bienhechor! Este es el nombre con que ha de conocerte el universo, el que te da Caracas, y el que un día sancionará la humanidad y el tiempo. De nuestro labio, acéptale gustoso con la expresión unánime que hacemos a tu persona y a la augusta Luisa de eterna fe, de amor y rendimiento. Y tú que del ejército dispones en admirables leyes el arreglo, y el complicado cuerpo organizando de la milicia, adquieres nombre eterno; tú, por quien de la paz los beneficios disfruta alegre el español imperio, y a cuya frente vencedora, honroso lauro los cuerpos lusitanos dieron; tú, que, teniendo ya derechos tantos a nuestro amor, al público respeto y a la futura admiración, añades a tu gloriosa fama timbres nuevos, protegiendo, animando la perpetua propagación de aquel descubrimiento, grande y sabio Godoy, tú también tienes un lugar distinguido en nuestro pecho. Y a ti, Balmis, a ti que, abandonando el clima patrio, vienes como genio tutelar, de salud, sobre tus pasos, una vital semilla difundiendo, ¿qué recompensa más preciosa y dulce podemos darte? ¿Qué más digno premio a tus nobles tareas que la tierna aclamación de agradecidos pueblos que a ti se precipitan? ¡Oh, cuál suena en sus bocas tu nombre!... ¡Quiera el Cielo, de cuyas gracias eres a los hombres dispensador, cumplir tan justos ruegos; tus años igualar a tantas vidas, como a la Parca roban tus desvelos; y sobre ti sus bienes derramando Con largueza, colmar nuestros deseos!

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