Mi retrato

J José Joaquín de Olmedo
0 Altın Yaprak
A mi hermana Magdalena ¡Qué dignos son de risa esos hombres soberbios, que piensan perpetuarse pintándose en los lienzos! De blasones ilustres sus cuadros están llenos, de insignias y de libros y pomposos letreros. De este modo ellos piensan que sus retratos viejos serán un gran tesoro a sus hijos y nietos, y que todos los hombres del siglo venidero su arrugada figura mirarán con respeto. ¡Oh, cómo se disipan esas torres de viento! Tú alguna vez me viste reírme de mi abuelo con su blonda peluca y sus narices menos. Si los hombres se olvidan aun de los hombres muertos, ¿qué no harán, hermanita, qué no harán con los lienzos? En rincones oscuros, de vil polvo cubiertos, aun los hombres más grandes duermen un sueño eterno. Permíteme que piense de un modo muy diverso: otros, enhorabuena, quieran hacerse eternos por sus grandes hazañas, por sus grandes talentos; pero yo ¡vida mía! más mérito no tengo que ser hermano tuyo, pues lo demás es menos Y como el hombre sabio, filósofo y modesto con la vida presente sólo vive contento, deja que en cuanto pueda imite estos ejemplos, pues el sabio en sus obras nos deja su diseño. Así no me interesa que tuviesen Homero, Virgilio, Horacio, Ovidio, buen rostro o rostro feo: instrúyanme sus obras, deléitenme sus versos; lo demás, ¡amor mío! no merece un deseo. Deja que quieto viva en el presente tiempo, pues el tiempo futuro, ya no estaré muy lejos, insensible al aplauso, insensible al concepto que de mí formar quieran los sabios y los necios. Gózate que no tenga esos vanos deseos; deja que sin desquite en mis alegres versos, muy ufano me ría de esos hombres soberbios que piensan perpetuarse pintándose en los lienzos. ¡Cuán duro es retratarse, y más cuando uno es feo!, por ti hago el sacrificio. Lo mandas; te obedezco. El pintor soy yo mismo; venga, venga un espejo que fielmente me diga mis gracias y defectos. Ya está aquí: no tan malo; yo me juzgué más feo, y que al verme soltara los pinceles de miedo. Pues ya no desconfío de darte algún contento, y más cuando me quieres, y yo me lo merezco. Imagínate, hermana, un joven, cuyo cuerpo tiene de alto dos varas, si les quitas un dedo. Mi cabello no es rubio, pero tampoco es negro, ni como cerda liso, ni como pasa crespo. La frente es espaciosa, como hombre de provecho; ni estirada, arrugada, ni adusta mucho menos. Las cejas bien pobladas y algo oscuro su pelo, y debajo unos ojos que es lo mejor que tengo: ni muy grandes, ni chicos, ni azules, ni muy negros, ni alegres, ni dormidos, ni vivos, ni muy muertos. Son grandes las narices, y a mucho honor lo tengo, pues narigones siempre los hombres grandes fueron: el célebre Virgilio, el inmortal Homero, el amoroso Ovidio, mi amigo y mi maestro. La boca no es pequeña, ni muy grande en extremo; el labio no es delgado, ni pálido, o de fuego. Los dientes son muy blancos, cabales y parejos, y de todo me río para que puedan verlos. La barba es algo aguda, pero con poco pelo: me alegro, que eso menos tendré de caballero. Sobre todo, el conjunto algo tosco lo creo: el color no es muy blanco, pero tampoco es prieto. Menudas, pero muchas cacarañitas tengo, pues que nunca faltaron sus estrellas al cielo. Mas por todo mi rostro vaga un aire modesto, cual transparente velo que encubre mis defectos. Hermana, ésta es mi cara: ¿qué tal?, ¿te ha dado miedo? Pues aguarda, que paso a pintarte mi cuerpo. No es largo, ni encogido, ni gordo mi pescuezo: tengo algo anchos los hombros y no muy alto el pecho. Yo no soy corcobado mas tampoco muy tieso; aire de petimetre ni tengo ni lo quiero. La pierna no es delgada, el muslo no es muy grueso, y el pie que Dios me ha dado no es grande ni pequeño. El vestido que gasto debe siempre ser negro, que, ausente de ti, sólo, de luto vestir debo. Una banda celeste me cruza por el pecho, que suele ser insignia de honor en mi colegio. Ya miras cómo en todo disto de los extremos; pues lo mismo, lo mismo es el alma que tengo. En vicios, en virtudes, pasiones y talentos, en todo ¡vida mía! en todo guardo un medio: sólo, sólo en amarte me voy hasta el extremo. Mi trato y mis modales van a par con mi genio: blandos, dulces, sin arte lo mismo que mis versos. Este es, pues, mi retrato, el cual queda perfecto, si una corona en torno de su frente ponemos, de rosas enlazadas al mirto y laurel tierno, que el Amor y las Musas alegres me ciñeron. Y siéntame a la orilla de un plácido arroyuelo, a la sombra de un árbol, floridos campos viendo; y en un rincón del cuadro tirados en el suelo, el sombrero, la banda, las borlas y el capelo. Me pondrán en el hombro con mil lascivos juegos la amorosa paloma que me ha ofrecido Venus. Junto a mí, pocos libros, muy pocos, pero buenos: Virgilio, Horacio, Ovidio; a Plutarco, al de Teyo, a Richardson, a Pope, y a ti ¡oh Valdés!, ¡oh tierno amigo de las Musas, mi amor y mi embeleso! Y al pie de mi retrato, pondrán este letrero: «Amó cuanto era amable, amó cuanto era bello». ¡Oh, retrato dichoso!, vas donde yo no puedo: tu suerte venturosa ¡con cuánta envidia veo! Anímate a la vista de aquella que más quiero, y dile mis ternuras, y dile mis deseos. Dale mil y mil veces pruebas de mi amor tierno, y dale mil abrazos, y en la mejilla un beso.

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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