A Colón (1 Althaus)

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Descubridor de un mundo y adivino, ¡quién añade a mi lira cuerdas nuevas! ¡quién da a mis manos el laúd divino del lírico de Tebas, o de aquel por quien osa la palma a Tebas disputar Venosa! ¡Lograra entonces con ingenio y arte dignos de tu grandeza celebrarte! Que igualarla tan solo alcanzaría de aquellos dos el portentoso metro a quien corona y cetro dio del lírico canto Poesía. Mas, aunque remontarse no presumen de tu grandeza hasta el remoto cielo las cortas alas de mi infante numen, en entusiasmo tanto tu rara celsitud mi pecho inflama, que me fuerza a juntar mi humilde canto con el sonoro aplauso de tu fama. Yo, que hijo soy del mundo descubierto por tu divino acierto, que sin ti de los mares de la nada jamás saliera de la vida al puerto, mi agradecida voz es bien que añada a tan glorioso universal concierto: y aunque con verso inculto indignamente tu alabanza trate, es cantarte, oh Colón, forzoso culto, saro deber de americano vate. Mi amor mi audacia excusa, no la ofrenda desdeñes de mi musa; que acaso fuerzas y vigor un día y en el difícil arte la destreza ayuntando a su ingénita osadía, podrá, mi numen, que a volar empieza, menos indigno canto dedicarte; y dilatar así por toda parte, tu nombre no, que el universo llena, sino el de tu cantor, hoy en olvido y odiosa y vil oscuridad sumido. Pero nunca será el ingenio mío el que, igualando tan sublime tema, entre los hijos de Caliope y Clio logre la palma merecer suprema, a más dichoso vate reservada que a ti consagre el épico poema que ha de vencer a la divina Iliada. ¿Cuál, entre los varones inmortales que, de virtud y de grandeza ejemplo, celebran de la tierra los anales; cuál hay que en sí reúna tantas glorias y tales cuantas en ti resplandecer contemplo, oh sólo a quien no falta gloria alguna? que en ti, de su obra el Creador contento, juntó adivinador entendimiento, constancia vencedora de fortuna, valor de que se espanta el Valor mismo y que halla en el peligro su elemento; irresistible mágica elocuencia, fe de santo y piedad, de rey clemencia... Mas ¿dónde así me abismo? ni ¿quién sintió jamas vanos antojos de contarle a la mar toda su arena, o sus hermosos rutilantes ojos a la noche de estío más serena? Tantos semblantes tu grandeza muestra, lograr pudiste tan diversas palmas, cual si te diera la divina diestra en muchas vidas diferentes almas: y si en mil y mil héroes te divides, cada cual de ellos basta A ser de los mayores que cantan de la fama los loores. ¿Qué Teseo ante ti? ¿Qué ante ti Alaídes? ¿O el que, en busca del áureo vellocino, por peligrosos campos de Neptuno, nunca surcados antes de otro alguno, más avaro que audaz se abrió camino? ¿Que en fin cuantos endiosa remota antigüedad y mentirosa en pródigas ficciones lisonjeras? Exceden sus fantásticas hazañas las tuyas verdaderas: que en héroe ideal o semidiós fingido la fábula ingeniosa en vano aspira a ofrecer tu trasunto y tu figura y a igualar tu verdad con su mentira. Entre las grandes famas de la historia resplandece tu gloria, bien así cual descuella, entro las cinco en que se parte el mundo, la región portentosa que arrancaste al océano profundo. A la capacidad venía estrecho de tu gigante pecho el mundo conocido hasta tus días; otro mundo mayor necesitabas, y así tal vez en tu anhelar decías: «será que del planeta, de los humanos natural morada, la contraria mitad entera invada el horrendo océano inhabitable? No: mi ambicioso corazón desdeña en tierra aprisionarse tan pequeña: inmenso solitario continente guarda la mar de Atlante prisionero; y al que los ojos miran de mi mente de cerca osado contemplar espero: de la suerte la envidia no lo estorbe, y seré yo el primero que dé la vuelta, como el sol, al orbe: Yo salvaré las lindes y señales que de océano incógnito el misterio y horror de los mortales hoy ponen a la tierra apequeñada, y antípoda hemisferio sumido dejan en segunda nada.» Tu patria preferida, Venecia rica y en el mar potente, y el lusitano y el francés monarcas desdeñaron tu espléndido presente y el valioso laurel de cien comarcas: cual suele, el mundo te llamó demente; y los que el mundo sabios denomina con su ciencia mezquina medir quisieron tu gigante numen y mente creadora que, sola, sabe lo que el mundo ignora. ¡Y a punto estuvo la envidiosa huesa de hundir contigo tu divina empresa! Y por siglos sin cuento se dilatará el gran descubrimiento que concebir y ejecutar podía tu ingenio solo y sola tu osadía! Mas no cedes, y al cabo a la dichosa presencia de magnánima princesa, que levantarse a comprenderte pudo, te guió la amistad; fe generosa concede a tu promesa; y uniendo en fuerte nudo su gloria con la tuya, nunca será que el tiempo la destruya. Y a romper de los mares las cadenas y descubrir su pavoroso arcano de playas españolas al fin sales: ¡Cuán heroicas escenas Mirar pudo el atónito océano, que no tuvieron en la tierra iguales! La chusma, en vano del terror esclava, con tempestuosos gritos te intimaba que la sonante quilla rauda volvieras a la patria orilla: ¿Rayos brotaba tu semblante augusto? ¿Hablaba un dios por tu inspirada boca, que así la saña y el valiente susto domar pudiste de esa turba loca? ¿Dejaba acaso los felices cielos alado mensajero de Dios pío, para traerte fuerzas y consuelos? Al mirar siempre en torno cielo y onda, y eterno centro tu veloz navío ser de la mar redonda, ¿temor no te asaltaba que nuca, nunca, de acabar hubiera, o allá tan solo donde el orbe acaba, aquel trémulo llano y tu carrera? ¡Y sólo a ti no consiguió vencerte el ciego horror que a tantas almas amedrentaba, aunque españolas, y por do apenas, de pavor confusa, osa seguirte la valiente musa! Viendo que tan seguro te adelantas por medio de aquellas misteriosas olas, ¿quien no dirá pasmado que privilegio celestial consiente a tus miradas solas América remota estar patente? ¿O que no es ya para tus plantas nueva, y que a su rica playa no es hoy cuando te lleva por vez primera tu impaciente nave que la ancha senda que surcó ya sabe y va segura adonde el sol desmaya? ¿Mas no temes que sea hija de engaño tu atrevida idea? ¿Ni un instante la duda la fe combate que tu pecho escuda? Piensa en el justo escarnio que te espera en la hispana ribera, si no es tu extraño pensamiento cierto; dado que al fin a puerto de la distante tierra tu nave frágil a llegar acierte, y huyas la horrenda misteriosa muerte que en los abismos de la mar se encierra... Mas mis voces desoyes, y adelante tu leve carabela, que a tu impaciencia perezosa vuela, diriges impertérrito y constante. Sí, firme sigue, sin reposo avanza, no llorarás perdida tu esperanza: Constancia tan tenaz, fe tan ardiente dignas se ostentan de que Dios por ellas mundos al mundo, liberal, aumente y al firmamento estrellas; y si el mundo que llevas en la mente no existiese en la tierra todavía, la diestra omnipotente tan solo para ti lo crearía. Y llega, y llega la anhelada llora, y a tu absorta mirada se presenta la tierra adivinada, al rico albor de tropical aurora; verde, feraz, magnífica, opulenta, no ajada su beldad por los humanos, a tus ojos ostenta el virginal semblante con que salió de las divinas manos. Como Dios en el día del reposo, al contemplar el universo infante, se recreaba en el secreto seno de su inmensa grandeza creadora: tal de un placer que el pensamiento ignora el pecho sientes rebosarte lleno, al contemplar el mundo del cual tú fuiste creador, segundo. Gózate, sí, descubridor sublime, que has acabado la mayor hazaña que vio la edad pasada o ver espera la edad advenidera: El mundo que hoy arranca al océano tu osado numen, tu constancia extraña es de todos los mundos soberano: sus montañas, del cielo cual pilares, de oro se encumbran y de plata llenas, y de sus ríos, que semejan mares, son oro las arenas; son edenes sus vastas praderías y son sus noches días: cuan bello rico y cuanto rico vasto, tres mundos a la par contrapesando, del orbe la mitad ocupa sólo; su talle en derredor la zona ardiente ciñe, cual ancho cinturón de fuego, y es un polo corona de su frente y estrado de su planta el otro polo. Vuele a henchir de profunda maravilla la vieja Europa tu triunfal regreso; hinche de orgullo la feliz Castilla que tu promesa, para el vulgo insana, cumplida palpe con inmenso exceso, y se engría, de un mundo soberana: y arrebatada entonces, en celebrar tan único suceso canse la Fama sus sonantes bronces: La Fama que por ti dilatar pudo En ámbito mayor tu excelso nombre, sin que a tu nombre baste digno de más, el mundo que doblaste. y cual de hado enemigo, los rigores probaron tu invencible sufrimiento, en medio de la dicha y los honores muestra darás de tu templanza heroica; que de la suerte al inconstante, viento las grandes almas, de la tuya hermanas, no obedecen livianas, de escollo empinadísimo al estilo que el piélago, ya manso, ya furente, encuentra siempre inmóvil y tranquilo y a sus mudanzas mil indiferente. Y te está bien esa igualdad del alma, que tardan poco los veloces años en darte sus usados desengaños, y en olvidar los hombres tus inmensas portentosas hazañas que jamas igualarán recompensas: malvados, viles, envidiosos pechos, hombres no, pero monstruos infernales, atán con férreos lazos tu débil planta y tus ancianos brazos! ¡Y no ya en triunfo, cual la vez primera, que eterno para ti durar debiera, mas aherrojado como vil pirata o malhechor insano, llegar te mira la nación ingrata a quien un mundo regaló tu mano! ¡Cual tu vivir entonces lastimero! ¡Cuán cruda y largamente la Amargura apurar te hace su colmada copa hasta que el mudo acero corta de Atropos tu vital estambre! Y ¡oh vergüenza de Europa! ¡Oh del siglo baldón no encarecido! ¡A las congojas de miseria y hambre gimió tu santa ancianidad sujeta! ¡Y el más rico varón que el tiempo vido, de quien era el caudal medio planeta, murió como el postrero desvalido! Si, que en el mundo que habitar nos cabe es la desdicha fiera calidad de grandeza verdadera. Nada turbe tu paz, oh Dios humano; que, si tu mortal vida fue por tantas desgracias afligida, no habrá edad que la gloria no acreciente de aquel que pudo completar la tierra, hallando el misterioso continente que el porvenir del universo encierra. (1856)

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