A la virgen (1 Althaus)

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
I ¿Qué loor hay que te cuadre, reina de la empírea corte, hija del eterno Padre, del Paráclito consorte, y del Verbo virgen madre? Tú a quien, aunque hija de Adán, de emperatriz nombre te dan los nobles hijos del cielo, y atentos en santo celo a tus preceptos están; Tú que eres ¡en tal manera de Dios la gracia en ti abunda! la criatura primera de la creación entera, y a Dios tan sólo segunda; sublime María, nueva mayor mejorada Eva, segunda madre del hombre, ¿Qué honores hay que a tu nombre agradecido no deba? Rompiendo antiguo contraste, tú con Dios emparentaste al hombre abatido y siervo, hermano por ti del Verbo a que fue tu seno engaste. Por especial gracia y acto de la paloma celeste, entra el Verbo a tomar veste humana en tu vientre intacto, sin que tu candor te cueste; como, dejándola entera, y sin teñirla siquiera, el puro rayo solar entra a cerrado lugar por trasparente vidriera. De la tartárea serpiente la dura soberbia frente en triunfo glorioso fue quebrantada eternamente por tu delicado pie; pagando así el fiero mal que irreparable en Edén hacernos quiso, y del cual supo sacar mayor bien la clemencia celestial. de ti la mujer se alaba que del hombre vil esclava y de sus antojos era, y por ti de compañera derechos recuperaba. Con Dios piadosa nos vales, si justamente se aíra: por tantas gracias y tales, toda boca, toda lira te celebren perennales! II De los hombres abogada, clementísima Señora, hasta nuestra postrer hora, a la Trinidad sagrada por todos nosotros ora. Nunca a ti se alzan en vano nuestras afligidas voces, que los más duros y atroces modos del dolor humano por larga prueba conoces. Tu ruego, madre, socorra a los que, lejos del grato humano consorcio y trato, en negra húmeda mazmorra, del hondo Averno retrato, viven años prisioneros; a los nocturnos viajeros que no dan con su camino, y del ladrón o asesino temen los asaltos fieros; a los huéspedes del mar que, a punto de naufragar, al cielo trémulas manos y agudos clamores vanos alzan todos a la par; al que desde playa ajena mira llorando la nave que zarpa a la patria arena, a donde destierro grave a no volver le condena; a los pacientes soldados que, alegres y denodados, en defensa de su tierra, van a morir a la guerra a millares y olvidados; Al que en su instante final teme del Juez inmortal la pavorosa presencia, y escucha ya la sentencia del último tribunal; al alma que, acrisolada del purificante fuego, espera allí que la entrada a la celestial morada le abrevie el humano ruego. No te olvides de la viuda, de crecida prole ayuda, que, en medio a pobreza acerba, casto su lecho conserva y el antiguo amor no muda; ni del padre a quien están, con voz y ansioso ademán, la consorte y el enjambre de hijuelos, pálidos de hambre, pidiendo un trozo de pan. Ruega por el ternezuelo infante que aún por el suelo con manos y pies se arrastra, y por rigor de madrastra trueca materno desvelo; Por la simple niña hermosa, burlada de amante aleve, y que madre, más no esposa, ante el mundo no se atreve a mostrarse vergonzosa; Por el triste a quien condena un delito, tal vez falso, a la irreparable pena, y que ya sube al cadalso en plaza de gente llena; por el pueblo donde impera la voluntad altanera de coronado verdugo, y por el que oprime el yugo de una nación extranjera. Débante preces constantes las repúblicas infantes, de que mi patria ¡ay! es una, víctimas desde la cuna de discordias incesantes. Pues todos tus hijos son, ruega por los de nación, color y culto diversos, por los justos y perversos, por todos sin excepción. Todos en igual empleo merecen tu ruego pío: el inocente y el reo el cristiano y el judío, el apóstol y el ateo. III Puerta de los cielos ancha, de toda virtud dechado, a quien el Terno increado sola exentó de la mancha del original pecado; Pura fuente cristalina de nuestra vida en los yermos, santa alegría divina de los tristes, medicina y salud de los enfermos: mi viciosa juventud enmienda, y haz que me inflame el amor de la virtud; contento y paciencia dame, y vuélveme la salud. Mas tu piadosa oración, si muero en edad tan tierna, me dé el divino perdón, y dulce morada eterna en los palacios de Sión. (1857)

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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