Al mar (Althaus)

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Descubra ufana la pomposa tierra las maravillas que su seno encierra: cual mares de colores, sus llanos muestre de verdor y flores; sus selvas, montes de nevada frente y las ciudades que levanta el hombre; su variedad ostente, y con lo rico y lo diverso asombre. A ti tu austera desnudez te basta, océano gigante; y mientras que la tierra matizada mil colores y mil luce sin cuento, un color sólo basta a tu semblante, como al semblante azul del firmamento. Siempre gocé en tu aspecto, ya te viera desde firme ribera contrastar por tu estruendo y movimiento con el callado inmóvil elemento; y recreado, en tanto que en la orilla tu espuma se dilata, orlar te mire tu cerúleo manto con rica fimbria de luciente plata; ya, lejos de tus playas, habitador de trémulo navío, te viera en torno mío, ir a perderte en el inmenso cielo, cual si él te limitase por do quiera, y todo mar el universo fuera. Mas, aunque ocupas del común planeta, inaquietable mar, la mayor parte, no basta tanto imperio a contentarte, que a más aspira tu ambición inquieta: fiero desdeñas con poder diverso: el imperio partir del universo: a dominios sin límites aspiras donde te tiendas sin confín ni vallas; y a la enemiga tierra eterna mueves implacable guerra, y en derredor azotas sus murallas con tus rabiosas ondas sitiadoras; sus altos lindes sin cesar invades, y ensanchas tus estados con las vastas provincias que devoras. Tal vez cual diestro atleta, te retiras para tornar con ímpetus doblados a descargar tus formidables iras y ella, temblando muda, resiste apenas tu inmortal asalto y teme que sus campos y sus selvas, sus empinados montes más aerios y sus grandes metrópolis e imperios a sepultar bajo tus ondas vuelvas. Aún el tiempo recuerdas en que ufano, cual reino tuyo, la ocupaste entera, cuando de Dios la vengadora mano, a castigar del hombre los delitos, lanzó desde la altura otro océano. ¡Cuál diste de placer largo rugido, cuando reinar te contemplaste solo; cuando, de polo a polo, ceñiste el universo estremecido, cual lidiador que con el peso abruma del vasto cuerpo a su rival caído! Inmensa noche te cubría en torno, horrenda noche, donde su luz negaba la menor estrella, noche que sólo se igualara a aquella que lo más hondo de tu abismo esconde: y en su negro silencio funerario, con el bramido de tus ondas bravas y ronca voz del huracán, cantabas tu triunfo solitario. Mas fue breve la edad de tu conquista: a sus antiguos lindes el gran volumen de tus ondas baja; y, como salva náufraga, fue vista sacar la tierra de tu azul mortaja la sumergida frente, y de selvas la espesa cabellera que sobre el ancho pecho goteaba de tus saladas ondas el torrente. Y aunque la tierra en la inmortal promesa de la bondad divina de segundo diluvio se asegura, no aleja empero su postrer rüina y su infalible destrucción futura. Contó el Señor los siglos de su vida, y los tuyos también: vendrá ese día, a ella y a ti de espanto, en que con la agonía de la tierra mires también llegada tu agonía; y a sus gemidos últimos respondas con el medroso llanto y bramador gemido de tus ondas. Ella remedará tu movimiento, por el vaivén violento de internas tempestades sacudida, y mostrará sus lóbregas entrañas, y el mar de fuego que su centro llena; y tú, tus ondas hasta el cielo irguiendo copiarás sus altísimas montañas en Andes de agua, entre uno y otro abriendo profundos valles de revuelta arena. Y a grandes trechos, tu anchuroso y hondo secreto lecho dejarás vacío: cual flota inmensa de varadas naos, se verán tus atónitas ballenas; y huyendo bajarán a tus enjutas llanuras los terrestres animales, y a guarecerse irán entre tus grutas y entre tus rojas selvas de corales. Y en mortal confusión, cada elemento. De sí mismo y los otros enemigo, y luchando con todos y consigo, en nuevo caos tornarán el mundo, hasta que baje la ira justiciera y abrase viva llama el vil teatro del humano drama que en otro mundo el desenlace espera. Cual bebe sol de estío menuda gota de fugaz rocío, así te sorberá súbitamente la sed rabiosa de esa llama ardiente: no quedará de ti recuerdo vano; y entonces solo Dios, vasto océano sin fondo ni ribera, inundará la inmensidad entera. (1869)

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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