Disparates

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Alaban del universo todos la armonía suma y su orden maravilloso y su inefable hermosura, Mas tal orden y belleza no sólo a poner en duda, sino hasta a negar se atreve mi desvergonzada Musa. Dadme un Mapa que la tierra, Patria del hombre, dibuja: ved que de ella el océano tres cuartas partes ocupa: los continentes son islas; que el mar inmenso circunda, cuando debieran los mares ser, cuando mucho, lagunas. Si el mundo es mansión del hombre, ¿ha sido medida justa que casi todo agua sea para la escamosa turba? Patria del hombre a la tierra llaman sin razón ninguna, y patria de los pescados se puede llamar con mucha. Nadie de alabar se cansa la hermosa luz de la luna: yo confieso que es hermosa y que mis penas endulza; mas mi Musa cabalmente en eso mismo se funda para quejarse de que haya mil y mil noches oscuras; y si en el mar cada tarde halla el sol su sepultura, todas las noches debiera arder la antorcha nocturna; o, en vez de una luna sola, debiera haber dos o muchas cual las que a Saturno o Júpiter magníficamente alumbran: aunque lo mejor sería que el sol no se hundiera nunca y que hubiera un día eterno sin tarde ni noche oscura. Si bien en esta materia habrá quien diga y arguya, que para que el dulce Sueño en el reposo nos hunda, es útil, es necesario que el universo se cubra con las espesas tinieblas de la noche taciturna: pero ¿dormir era fuerza? mi curiosidad pregunta; ¿qué necesidad había de aquella muerte nocturna? ¿Es tan grande la distancia que hay de la cuna a la tumba, que así en pasajera muerte media vida se nos huya? Es blanda la primavera: pues ¿por qué eterna no dura? Y el verano y el invierno sin cesar con ella turnan, en alternativa inicua condenándonos su furia a que el calor nos derrita y a que el frío nos entuma. Aún al Otoño pudiera admitirle por sus frutas y por los ricos racimos de la dulcísima uva, con cuya caliente sangre, ya dorada y ya purpúrea, se consuelan los pesares y alivian las desventuras. Pero al invierno y verano hallar no puedo disculpa, ni compensación discurro a su venida importuna. Y ¿qué disculpa hallar pueden zancudos, moscas y pulgas, y mil molestos insectos que en el aire y tierra abundan, que nuestro pellejo horadan y que nuestra sangre chupan, que asordan nuestros oídos y nuestra paciencia apuran? ¿Para qué son las montañas y las áridas llanuras e inhabitables desiertos que tanta extensión ocupan? Anchas páginas en blanco del gran libro de Natura, donde parece que nada escribir supo su pluma... (1866)

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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