El dos de mayo (Althaus)

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
I Ardiente Numen mío, de quien es alma patriotismo santo; tú que fuiste el primero en levantar el indignado canto contra el ultraje del inicuo Ibero, y la voz despertando de otros vates, con tu clamor guerrero encendiste la patria a los combates: hoy que triunfante sonreír la miras, al universo cuenta la vengadora lid y alta victoria con que días de afrenta convierte en siglos de radiante gloria. II Sonó en nuestras riberas voz espantada de la rauda Fama, que narraba el escándalo inaudito con que las españolas naves fieras prendieron cruda llama en puerto inerme de la heroica Chile: se alza doquiera de venganza un grito; no hay corazón peruano que no anhele ver llegar a los torpes incendiarios para que paguen tan atroz delito: irrita la tardanza el impaciente anhelo de venganza: nadie hay que de su puesto se desvíe ni del fiero peligro el paso tuerza: se burla el patriotismo de la fuerza y el denuedo del número se ríe. Arriba al cabo la feroz armada que ya, cual suele, nos venció en idea, y en su insensata vanidad ni aún piensa que diestra se alce a contrastarle osada y a oponerle brevísima defensa. Cual la justicia humana deja de vida fugitivo plazo al que la ley a perecer sentencia, así el caudillo de la flota hispana, ya suspendiendo el fulminante brazo, tres días nos concede en su clemencia para esperar la inevitable ruina que su justa venganza nos destina. Mas no a vil muerte, sino a noble lucha el peruano valiente se apercibe, y la amenaza escucha con desdeñosa mofadora risa: los marciales aprestos acelera, y con ardiente prisa, del resonante mar en la ribera bélicos aparatos improvisa que, de virtud maravillosa llena, brotar parece la fecunda arena, como si la golpeara de diestro mago la potente vara. ¡Oh entusiasmo! ¡oh ardor que no consiente ser descrito jamás de humana lira! Parece que en el aire se respira, o que invisible eléctrica corriente le lleva y comunica por doquiera; y cae sublime universal contagio que hasta del más cobarde se apodera es ya de la victoria venidera clara prenda, certísimo presagio. Lima al vecino amenazado puerto su enardecida población traslada, y de incesante turba apresurada se ve el camino blanquëar cubierto: del mar azul junto al movible llano, la muchedumbre que su playa inunda y, al fuerte impulso del trabajo activo, baraja sus enjambres bullidores, es otra mar segunda, es un piélago vivo de pintorescas ondas de colores. En rivales esfuerzos combinados, cada brazo se emplea en tan santa patriótica tarea, que iguala razas, nivelando estados: que el corazón peruano es el que late en el pecho del pobre a quien tiñe la faz ébano o cobre, y en el del blanco y rico y del magnate; y hoy contra el desdeñoso orgullo insano y proceder perverso y la codicia pérfida española, es el Perú vastísimo coloso de rostros ciento de color diverso, de blancas, negras y amarillas manos, pero de un corazón y una alma sola. III Musa de las batallas, ven y dame con diestros labios alentar tu trompa, que con hórrido son los aires rompa que a lo lejos en torno se derrame: haz que truenen mis versos, y veloces vuelen del labio que tú inspiras, como igneas saetas o encendido plomo, tronantes rimas o inflamadas voces: retumbe y vibre en ellos, como pudo en los aires entonces, el trueno horrisonante y rayo agudo de mortíferos bronces: torne a ser el estrago horrendo y crudo y el herir y el matar en mis guerreras estrofas, de la lid renovadoras; y el glorioso combate de quien horas fueron la edad veloz y fugitiva, como en lienzo que fiel lo represente, para siglos sin fin haz que reviva y que dure en mi canto eternamente. Mas ya siento en mi pecho que rebosa y en mi agitada sien apenas cabe tu inspiración, oh Diosa; y en ágil vuelo pronto, cual si en la espalda me nacieran de ave encumbradoras alas, me remonto; irresistible impulso me levanta sobre la tierra y anchuroso ponto; y en el sereno cristalino campo del éter vasto, con segura planta los firmes pasos orgulloso estampo: hierven en mí los versos impacientes; a mi trémula boca altas voces afluyen a torrentes, que en rápida cadena un arte superior liga y coloca; y mi ágil pluma con presteza rara los albos pliegos ennegrece y llena, como si escrito canto trasladara. IV De la ardua lid al corazón sediento luce el alba por fin del Dos de Mayo; y cuando en la mitad del firmamento desde el sol su más ardiente rayo, en los aires serenos, que creó Dios a la tormenta ajenos y que hoy osa turbar furor humano, principian cruda guerra la ibera tempestad del océano y la peruana tempestad de tierra: retumba ronco trueno de contino del huracán marino, y sin cesar responde ronco trueno del huracán terreno; del humo negro dilatadas nubes cambian el claro día en noche densa por relámpagos mil do quiera rota; espesa lluvia de granizo ardiente ondas y tierra sin cesar azota: y todo, todo, en confusión inmensa, en nuestras playas apacibles miente el estrago y el ímpetu y la saña con que desraiga selva corpulenta y en truenos y relámpagos revienta furiosa tempestad de la montaña. Como león ayuno se abalanza a la segura presa, tal desdeñoso se abalanza el Godo, mas que de lid, hambriento de matanza: pronta victoria aguarda sobre la vil afeminada gente, de España hija bastarda, del brazo no, mas de la voz valiente; pero su triunfo tarda, y de tan largo resistir se admira, y su desdén primero trueca el soberbio en impaciente ira. Como resiste secular encina, afianzada en hondísimas raíces, al ímpetu del cierzo, y ni aún la frente inclina, así resiste el peruviano esfuerzo; y, al ver el español que no se abate más y más dobla su iracundo embate; y con frecuencia igual, de cada parte, serpëando entre nubes de humareda, raudos vuelan los rayos con que el arte los del tonante Jehová remeda. No ha pasajero instante en que del trueno el hórrido estampido no ensordezca el oído, y en que del rayo la siniestra lumbre, los atónitos ojos no deslumbre; y cual propio elemento de la Muerte, en ruido y luz el aire se convierte. Parece con las armas del Averno lidiarse la batalla; y balas silbadoras, bombas atronadoras, esparcida metralla, y formas ciento y diferencias miles de letales ardientes proyectiles, que cruzan encontrados sin sosiego los espacios celestes, cubren entrambas huestes con resonante bóveda de fuego. Tiembla en torno el terreno, como si el Terremoto en lo profundo de su cóncavo seno sus titánicos miembros prisioneros bramando sacudiera, y furibundo de su cárcel la bóveda golpeara con vigorosa resonante frente, y por romperla indómito pugnara, de sus duras prisiones impaciente. Igual a cada parte, entre sangrientos horrores, se mantiene la lid cruda de quien teatro son dos elementos; y cada combatiente semejando al elemento mismo que lo encierra, si como el mar el Español asalta, el Peruano resiste cual la tierra, o como excelsa roca a cuya planta el mar sus ondas túmidas quebranta. Y en vano tú, vastísima Numancia, al Leviatán inmenso semejante, del océano emperador tremendo, frente a la playa inmóvil te colocas, llama con humo y horroroso estruendo vomitando a la vez por tus cien bocas: con nada tiemblan los heroicos pechos que por la patria y el honor pelean; y aun cuando en nube más espesa vean fuego en torno llover horrendamente, al Perú independiente con clamorosos gritos victorean; mezclándose al estruendo de los mares y discorde compás de los cañones las músicas sonoras militares, ¡y el himno patrio que en ardor heroico inflama los peruanos corazones! Mas de tus tiros al acierto daña hispano lidiador, y a tu destreza el ciego empeño e impaciente saña que tus confusos tiros precipita: y en torpe desperdicio, muchedumbre infinita de bombas que prodigan tus descargas, distante aún del término pedido, cae para apagarse en las amargas ondas, tras vano amenazante ruido. Mas tu insano furor, Numancia cruda, al fin la Suerte en nuestro daño ayuda, que bien tu acierto escaso la ayuda pide del propicio Acaso. de tus bocas lanzada bomba ciega, de la Suerte guiada por la mano, hasta la Torre llega que el nervio encierra del valor peruano: ¡allí hacinado por funesto olvido, el negro polvo que a las graves balas viste del fuego las ligeras alas, por la bomba fatal es encendido! ¡Y en el desastre horrendo y repentino vuelan los generosos combatientes entre la espesa nube y humoso remolino que hasta los cielos resonando sube! V Fuiste, entre cuantos héroes allí abisma, tú la presa más noble de la Parca, GÁLVEZ inmaculado y cual la misma Santa Justicia incontrastable y recto, prez y honor de la antigua Cajamarca, y el hijo de la Patria predilecto; de la Patria que, hoy huérfana de tantos hijos queridos que le cuesta España, por ti se entrega a más aguda pena y tu sepulcro baña de acerbo llanto en más copiosa vena: ¡ah! si mi voz en la terrena vida, oh Gálvez inmortal, te fue querida, acepta grato este recuerdo breve que hoy mi laúd te da junto a tu huesa, hasta que el himno de alabanza eleve que de mi amante Numen la promesa a la esperanza de la patria debe. ¡Y a ti, CORNELIO BORDA, a ti mi canto nombrará segundo, que en el suelo nacido de la hermosa nueva y mejor Granada, hiciste con tu muerte a todo un mundo tu patria dilatada! Cual concebido en su fecundo seno y o sus pechos crïado, de su dolor el maternal tributo no cesará mi patria de ofrecerte: la faz cubierta por oscuro velo de lamentable luto, lloran las Ciencias tu temprana muerte y de tu claro ingenio y tu desvelo, en flor cortado, el abundoso fruto. También tu losa en lágrimas inundo, ¡oh tú, DOMINGO NIETO, que dos días en doloroso lecho yaciste moribundo, y en cuerpo vigoroso y fuerte pecho más vigoroso espíritu escondías! No tan solo un hermano en ti lamenta quien contigo nació del propio seno; que a nadie, a nadie apellidaste amigo a quien estrechos lazos fraternales no ligaran contigo, ¡oh dechado y espejo de lëales! Ni a ti tampoco olvidará mi verso ni de justa alabanza será parco que escuche el universo, ¡Oh noble corazón, ANTONIO ALARCO! No a la lid peligrosa a ti el deber, sino el valor te llama; y de él guïada, a la funesta Torre tu ansiosa planta corre, allí acechando con tenaz cuidado el instante propicio para ocupar del último soldado el más hüido peligroso oficio; al fin le ocupas con afán inquieto desafiando a la Muerte; y la Muerte aceptó tu osado reto, de ti no perdonando los despojos, ni sangrientos pedazos, ni señales que contemplaran los fraternos ojos, que besaran los labios maternales. Y el grato conocido rumor de sus pisadas en vano aguardará tu atento oído en tus desiertos silenciosos lares, ¡oh adorada hermosísima doncella, que al pie de los altares unir pensaste a su robusta mano tu blanca mano delicada y bella! ¡Las antorchas nupciales que ayer regocijaban tu deseo se trocaron en teas funerales, y en endechas los cantos de himeneo! Y mi Musa también de ti se acuerda, y te consagra mi laúd rendido un fúnebre gemido de su doliente cuerda, ¡ENRIQUE MONTES, que en aspecto blando y dulce rostro hermoso impreso demostrando de la bondad y la nobleza el sello, cual a esposa gentil gentil esposo, alma bella juntaste a cuerpo bello! En vano, en vano a la enlutada viuda preguntan por su padre idolatrado los hijos pequeñuelos: ella, llorosa y muda, abraza en ellos a tu fiel traslado, clavando húmedos ojos en los cielos. Ni ausente se hallará, noble ZAVALA, tu nombre antiguo entre los claros nombres que en este canto premiador inscribo; era tu anhelo más constante y vivo por la patria morir, por esa madre a quien un hijo indigno, tu hermano en sangre pero no en virtudes, guerra feroz enviaba y hacer quería de su reina esclava: y a Dios que tu anhelar cumplió benigno repetías en tu hora postrimera: «Gracias, gracias te doy, Señor clemente, pues cuando ingrato a la que el ser le diera hiere un Zavala, tu bondad consiente que otro Zavala por la patria muera». Mas a vosotros, CÁRCAMOS ilustres, os crearon los cielos como en la sangre en la virtud hermanos, y de idénticas prendas adornaron vuestros nobles espíritus gemelos: de ingenio igual, del mismo ardiente acrisolado patriotismo, que os hizo, con igual merecimiento, juntos rendir el postrimer aliento. De vuestro fin la roedora pena pronto a otro hermano le abrirá la tumba, y con él perderá su último alivio anciana madre que feroz condena a tan largo vivir la suerte esquiva para que, sola y de consuelo ajena, ¡Ay! a todos sus hijos sobreviva. VI Mas con rabiosa lengua venganza grita el peruviano bando, al contemplar caer tan escogidas víctimas, y los brios redoblando, hace pagar con espantable exceso al torpe Ibero tan preciosas vidas. ¿Quién, quién ahora encarecer podría de los peruanos jefes las hazañas y el heroico valor y la osadía? Impávidos, serenos, Mueven do quiera la segura planta, y ni el creciente riesgo los espanta ni hace que venga su valor a menos; es en vano que inmensa muchedumbre de balas y de bombas y granadas en torno siempre ensordeciendo llueva: Con la voz y el ejemplo animar a los otros los contemplo, y hacer que todos con pujanza nueva, cual si la lid de nuevo comenzara, arrojen a porfía los letales rayos artificiales a la escuadra feroz de España avara. Con firme pulso y con tenaz mirada, su afán heroico ni un veloz instante remite el valentísimo artillero; y cual de la Justicia disparada por la certera mano, cada entraña de acero que vomita el cañón republicano hambrienta despedaza de los regios navíos la madera o la férrea armadura y la coraza; y la gran mole atravesando entera, tal vez por el opuesto roto lado sale, de muertes y de estragos harta, a apagarse en el piélago salado. En el espacio breve que les permiten sus flotantes casas, amontonados mueren y confusos los tristes siervos de una reina aleve: rabiosamente cae y agoniza sobre el tibio cadáver de su hermano el doliente marino, que no espera que descanse a lo menos su ceniza de su remota patria en la ribera, y que tendrá por tumba el océano. Y en vez de presenciar de los lejanos hijos, padres y esposos los triunfales regresos, madres, hijas y esposas españolas ver no podrán a sus amantes manos llegar siquiera los helados huesos de los que sepultaron nuestras olas. ¡oh peruanas, templad vuestros enojos, que el llanto que hoy derraman vuestros ojos será pronto venerado con llanto más acerbo y doloroso por ojos españoles derramado! Ni al soberbio caudillo guarda de heridas el ferrado muro del nadante castillo donde pensaba combatir seguro: aquí una nave, a zozobrar vecina, por bocas mil el océano bebe: otra, la cárcel rota del espíritu ardiente que la mueve, como cadáver flota: ya por doquiera a desmayar empieza el valor en el pecho y en el brazo la usada fortaleza; ya el español, en trance tan estrecho vencer desesperando, da al temor en el ánimo cabida, triunfando del rubor y del despecho el amor renaciente de la vida. VII No para huir aguarda que al claro día su enemiga venza, para que el velo de la Noche parda esconda de su fuga la vergüenza: ¡Y a los rayos del Sol que de occidente una hora y otra dista, del universo atónito a la vista, allí en cien naves a la lid presente, a rauda fuga lanza la temerosa prora esa escuadra feroz que en esperanza era ya del Pacífico señora. En vano la convida y la provoca el peruano cañón con Ignea boca a combate segundo, a nueva lid reñida: desoye el reto y espantada olvida que la contempla el mundo, el mundo todo a quien hacer testigo ofreció su jactancia de nuestra rota y ejemplar castigo: la Unión la mira e Inglaterra y Francia su fuga acelerar, de pavor llena; y aun la inmensa Numancia mal su glorioso nombre respetando, cual herida ballena, busca su salvación en la distancia. Hüir, hüir la mira el peruano guerrero y arde en ira, de más lucha ganoso, de más gloria sediento y codicioso: acusa de sus naves la demora y maldice al destino que le rehúsa ahora veloces alas de huracán marino y en la playa lo prende y encarcela, y de volar le priva por el abierto acuático camino en seguimiento, con vapor o vela, de la veloz armada, fugitiva ¡Ah! si a los breves débiles navíos, cuya atrevida gente con diestra, tan feliz y osados bríos hoy segundó al terreno combatiente, juntaran su valor el Huáscar fiero y compañera nao a quien dio nombre nuestro bien primero (en futuros combates vencedores) ¡y esas que vio la nebulosa Abtao a fuerzas resistir tan superiores; en pos, España, de tu huyente flota volarán ya nuestros guerreros prestos, y consumada tu espantable rota, el mar sembrarán sus aciagos restos! ¡No más, no más blasones de ser, oh Iberia, fuerte y valerosa entre todas las gentes y naciones; ni más se jacte tu demente lengua de ser tu pueblo el que imposibles osa! ¡Borrón tan negro, tan patente mengua de hoy más, oh Iberia, abata tu soberbia insensata, y tu enhiesta cerviz humille y doble; pues con tan grande y hórrido aparato de orgullosos bajeles y con pujante fuerza más que doble, nos cediste del triunfo los laureles, cuando tu brazo combatir podía y vida te quedaba todavía! No, no es esa la sendas no es ese el porte que el honor señala; tras tan fiera amenaza y tan tremenda y pomposo arrogante desafío, lazar debiste tu postrera bala, perder debiste tu postrer navío! VIII Tú al cielo, oh patria, en tanto alza la frente, de rubor desnuda, y en noble orgullo tu vergüenza muda, y en risa ufana tu rabioso llanto. Tan claro triunfo al universo muestra que, si castigas tarde el ultraje alevoso de Castilla, tan sólo fue por que la alzada diestra te desarmó el cobarde que mancillaba la suprema silla. Bien patentizas lo que libre valles de cadenas violentas; y esplendorosa página hoy aumentas de tu moderna Historia, a los anales, que a la posteridad menos no asombre que la que lleva de Ayacucho el nombre. ¡América divina, en tus vastas llanuras solitarias enciende tus volcanes, como grandes aéreas luminarias que no apagan los recios huracanes! Y a los ecos profundos de tus inmensos caudalosos ríos, que se llevan al mar cual otros mares de lechos áureos y de dulces ondas, mezclen do quier tus bosques seculares y vastas selvas tenebrosas y hondas su música salvaje y voz agreste, entonando magníficos cantares que asciendan a la bóveda celeste! Y tú, gigante emperador de ríos, portentoso Amazonas, que ufano naces de peruana fuente, y de bosques umbríos y de selvas antiguas te coronas; apresura tu férvida corriente por el vecino dilatado imperio, tu festiva llegada anticipando al poderoso océano de Atlante; a quien la nueva venturosa anuncies de nuestro triunfo y del desastre iberio, y él alegre la cante y la lleve al antípoda hemisferio. IX Y tú, la quien tan espléndida victoria en grande parte adjudicar es dado; recibe de la Musa, ilustre PRADO, el sincero tributo y merecido que el loor te anticipa de la Historia; y de libre poeta concede, atento oído al libre canto que de un pueblo entero la gratitud y afecto te interpreta. Gózate en tanta hazaña y sé grande y glorioso entre los hombres, debelador de España, que del magno Bolívar y San Martín y Sucre entre los nombres, con áureos caracteres ves escrito de la gloria en el fúlgido volumen, tu nombre por América bendito y celebrado por mi altivo numen. Y pues ves que te sobra el favor de los cielos y tu estrella, la sucesión de tus hazañas sella y pon cima a tu obra: con el principio venturoso en ella el venturoso medio corresponda, y el fin con uno y otro se compase: de América cumpliendo la esperanza, la interna paz con mano firme en honda inconmovible base para siglos cimienta y afïanza: a ti por fin se deba que el peruano valeroso guerrero no desnude la espada para hundirla en el pecho del hermano en impía contienda, y para herir la guarde al extranjero que sus hogares codicioso invada o que insolente su decoro ofenda. La sangrienta Discordia furibunda, domada por tu diestra victoriosa, en los abismos hunda el durísimo cuello, y lívida cabeza ponzoñosa, de quien son vivas hebras y enmarañado y hórrido cabello áspides silbadores y culebras. Por ti el hijo segundo del quinto hijo del Año sea padre fecundo, aurora lisonjera, tras larga noche oscura, de una divina era de progreso, de paz y de ventura. X Entra a ceñir tus lauros, y contigo los bravos campëones que fueron el terror del enemigo: ya os espera la ansiosa muchedumbre, collados coronando hasta la cima e hinchendo inquieta los vecinos valles; de la opulenta Lima ledos hollad las alfombradas calles: cada privado hogar con puerta ornada por vistosa flotante colgadura, cual rostro amigo, sonreír procura a vuestra fausta victoriosa entrada: al son del atambor y los marciales pomposos instrumentos y al excelso clamor de las campanas, que cuentan vuestra gloria al firmamento, por los arcos magníficos triunfales pasad con frentes del laurel ufanas: ved de hechiceras vírgenes hermosas coronados balcones y ventanas, que con manos de nieve blancas derraman y purpúreas rosas y rica copia que sin tasa llueve sobre vuestra cabeza, oh vencedores, de cuantas bellas y fragantes flores engendran en su seno los esmerados huertos y pensiles de la hermosa ciudad y campo ameno en donde cuenta el Año doce Abriles. ¡Blanco e imán de innúmeras miradas sois; a entusiastas gritos hacéis abrirse innumerables labios, y en sublime patriótico alborozo palpitar corazones infinitos! Os sonríe la virgen seductora que siempre del valiente se enamora; siente, al miraros, noble envidia el mozo, os bendice entre lágrimas el viejo; y hace el curioso infante que la madre en sus brazos lo levante para mirar el triunfador cortejo. Y entre el sonoro universal concierto de alabanzas unánimes que escucho, también las suyas añadir advierto a los ancianos héroes de Ayacucho. Sobre los lauros nuevos los antiguos ceñid, claros mancebos, que a vuestras frentes tiernas y lozanas trasladan ellos de sus nobles canas: ¡recibiendo en la férvida alabanza que al héroe por el héroe se dispensa la más alta y honrosa recompensa que pudo ambicionar vuestra esperanza! XI Las densas olas blandamente abriendo del vivo mar que vuestro pie embaraza, hollad la bella y anchurosa plaza donde se eleva el soberano templo: allí os espera venerable anciano, cuya rugosa frente es ya la más antigua, en el cristiano orbe, que mitra episcopal circunda, y que la humilde gratitud profunda que por merced tan clara al Dios de las batallas debe el fuerte se apercibe a ofrecer al pie del ara. Subid, subid con religiosa planta a la morada santa del solo a quien humilla su corazón el libre y su rodilla: allí, puestos de hinojos, e inclinando a las sacras baldosas las coronadas sienes victoriosas, gracias rendid con labio reverente al dios de los ejércitos potente. Él fue quien, de tan alto vencimiento os concedió la suplicada palma: él entusiasmo y generoso aliento y heroico brío os infundió en el alma: vuestro más débil brazo hizo robusto él, y aceró sus decaídos nervios, trocando doncel tímido en atleta; y del contrario injusto él quebrantó los ímpetus soberbios, y le cubrió de confusión secreta. Fue su divina protectora diestra la que trazaba la invisible curva que siguieran los globos inflamados que lanzaba la vuestra, y fue esa diestra, que al más fuerte turba, la que ahuyentó las españolas naves, cual desbandada turba de temerosas aves; y esa diestra será la que, si intenta, corrido de su afrenta, hacer de su fortuna nuevo ensayo el soberbio español en mar o en tierra, circunde nuevo lauro a vuestra frente, más fulguroso que el del Dos de Mayo: ¡Gloria a Aquel, gloria a Aquel eternamente que es el Dios de la paz y de la guerra! XII Tú que ya el eco de mi voz conoces, ven, oh Fama, y aprendo el canto mío; y sin cesar batiendo senadora tus innúmeras alas y veloces, del ardiente ecuador al polo frío, del negro ocaso a la brillante aurora, cántalo por doquier con tus cien voces; llevando a los oídos de las más solas gentes y apartadas y más remotos pueblos y escondidos las glorias de mi patria vencedora, y la excelsa merced del poderoso Dios de Israel cuya clemencia adora, y cuyo nombre santo coronará con esplendor radioso este triunfal enardecido canto. (1866)

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