En la muerte (Althaus)

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
¡Grandeza de los hombres ilusoria! ¿Qué valió que fortuna de oro te diera y de marfil la cuna? ¿Qué valió que te diera una victoria, cual presagio feliz, el fausto nombre, ni que gozara tu engreída infancia de cuantos bienes apetece el hombre? ¿Qué valió que a tu padre esclarecido, y tu esposo después vieras alzado a la más alta cumbre del Estado? Tantas venturas prodigó la suerte a la mitad primera de tu vida sólo para colmar, mudable y fiera, de desventuras su mitad postrera. Recelos, sobresaltos y cuidados por la preciosa vida de tu esposo, insomnes noches, de amargura henchidas; separación y tiernas despedidas de tus hijos amados, y de tu anciano padre doloroso; tristísimas partidas de los dulces hogares, de las patrias riberas, y peregrinaciones por los mares y apartadas comarcas extranjeras, al desterrado esposo acompañando; ingratitud, y extraños acerbos desengaños: todo sintió tu corazón, Victoria, ni hubo ninguna dolorosa prueba que a tu sensible pecho fuese nueva. Espantosa dolencia, misterio incomprensible a los afanes tolos de la ciencia, en larga muerte convirtió tu vida; y la que un tiempo mereció alabanza por donoso semblante y gracia y majestad de su talante, la gallarda hermosura que de salud y vida rebosaba, ya viviente cadáver semejaba ausente de la negra sepultura. ¿Quién dirá los dolores que en ti extremaban su rigor violento, y a cuyo exceso crudo sólo igualarse pudo tu angelical, cristiano sufrimiento? ¿A quién no le asombraba la pelea que del martirio te ciñó la palma? al justo de Idumea el ser parangonada mereciste del cuerpo en los dolores y del alma, y paciencia tenaz que los resiste. ¡Oh pesada, lentísima agonía en que de treinta días dolorosos cada noche y auroras viendo a la muerte batallar contigo, ser esperaba de tu fin testigo! El amor a tus hijos a tu esposo: ese era el fuerte nudo que ligaba tu espíritu amoroso al cuerpo casi inerte; ese el templado escudo que te hizo resistir tiempo tan largo a los fieros asaltos de la muerte. Esa apariencia de figura humana, más vana sombra de otra sombra vana, aún voluntad tenía y sentía y amaba todavía! Y ¡oh del amor milagros no igualados! ¡Por su esposo y sus hijos aún su pecho ocupaban los prolijos domésticos cuidados! ¡Cuál tu dolor sería, cuando a tu mente se ofreció, Victoria, de tus ausentes hijos la memoria! ¡Y confiabas, incauta, en la promesa que a tu cariño la esperanza hacía, de que antes que bajaras a la huesa gozarías su dulce compañía! Sólo a tu duelo ha de igualarse el suyo, cuando la triste nueva voladora disipe la esperanza lisonjera que alimentaba el corazón amante de circundar en el final instante de tu lecho la triste cabecera! ¿Qué tristísimo acento podrá pintar la dolorosa escena que contempló tu lúgubre morada, cuando exhalaste el postrimer aliento, y al fin la muerte, te dejó postrada? Sobre tus yertos pálidos despojos se lanza el tierno esposo, atropellando los vedados dinteles, hechos mares de lágrimas los ojos: de los amigos fieles cruda piedad le arranca de tu lado; «dejad, dejad, les dice, que de nuevo »contemple su cadáver adorado: »a esa santa mujer todo lo debo; »mas que esposa, en amor madre me ha sido: »¡ah! dejadme morir, y en el sepulcro »guardad con ella al infeliz marido!» Cual herida del rayo, cae la hija en súbito desmayo, hasta que el desmedido dolor recobre a un tiempo el sentido: el hijo allá en el sacudido lecho se revuelve demente, por los sollozos ahogado el pecho, ni de la tierna, hermosa enamorada esposa la voz escucha o la caricia siente: aquí la hija pequeña, que, como en su inocencia no creía que su adorada madre se moría, ayer no más mostrábase risueña, hoy que el horror de la verdad comprende, de dolor enloquece y desvaría: y «mi madre me llama», súbitamente exclama, «¿Dó está, decidme, dónde?» Y se pone a imitar la voz materna, y ella misma a sí misma se responde, y en coloquio infantil que el alma parte llanto con risa la infeliz alterna. La fiel amiga, discurriendo en tanto por las estancias todas, da su ayuda a hijos y deudos, derramando muda por ellos y por ti piadoso llanto. Suena más allá un coro de quejas, de suspiros y de lloro, de ayes y de infinitos hondos, confusos gritos: son las siervas leales a quienes con tu muerte el cielo priva de una madre amorosa y compasiva. Y aún la ronca paloma plañidera parece que de lejos también llora, como si su desdicha conociera, con lamentable canto a su señora. Mas ya mi voz el sentimiento traba: ¡Ah! sea nuestra gran consoladora en trance tal la religión divina; la misma que endulzaba tus espantosas penas al romper de la carne las cadenas; y te mostraba el paraíso abierto, sempiterna mansión de tu reposo, donde del mortal sueño doloroso se remontó tu espíritu despierto. Colmada ahora de ventura inmensa, en la región te veo donde la recompensa excede o la esperanza y al deseo: allí, a tus dulces padres reunida, en aquella inmortal segunda vida, do no puede el temor sobresaltarte de que muerte siniestra de los objetos de tu amor te aparte; allí do un día la familia nuestra se juntará de nuevo, allí, dolida de nuestras largas desventuras fieras, nos llamas, oh Victoria, y nos esperas. Junio, 19 de 1864.

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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