En la profesión de Isabel

C Clemente Althaus
Günün şiiri · 11 Eylül 2026
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«¡Y te vas, hija del alma! ¡Y me dejas, Isabel! ¡Y mis súplicas no logran tus pisadas detener! ¡Ah! recuerda que en mi seno nueve meses te llevé, padeciendo al darte al mundo la congoja más crüel: Que güié en su primer paso tu indeciso débil pie, previniendo a tu caída de mi brazos el sostén. Yo esperé que a tus hermanas ayudaras tú también a ser báculo y consuelo de mi lánguida vejez. Ya podré sólo mirarte de doble reja al través, que mis ansiosos abrazos querrán en vano romper. ¡Ay! espera breves años a cerrar con mano fiel mis cansados ojos tristes, y podrás partir después. Deja, deja que en la tumba doble yo mi cana sien, aunque al pesar de tu ausencia más pronto la doblaré: ¡Oh tú que de mis amores eres el fruto postrer, no me dejes, hija mía, no te vayas, Isabel!» «¡Y te vas, oh dulce hermana! ¡Amadísima Isabel! ¡ah! recuerda que en la infancia nuestro lecho el mismo fue: ¡ah! recuerda nuestros juegos, en la plácida niñez que miraba nuestra madre con dulcísimo placer: ¡y la dejas ¡ay! ingrata y nos dejas ¡ay! crüel! ¡Y es posible que el eterno adiós último nos des! No el estilo dulce rompas que, mañana uniendo a ayer, o iguala a nuestra dicha día a día y mes a mes: escucha nuestros gemidos y nuestras lágrimas ve: no nos dejes, dulce hermana, no te vayas, Isabel». Así te hablan madre hermanas, llorando mares de hiel: y la amistad a su ruego el suyo junta también. Y el mundo también te dice: «¿dónde vas? los pasos ten: en la edad de los amores ¿por qué me dejas, por qué? Yo te prometo placeres, yo grandezas te daré; ganarás entre las bellas de beldad insigne prez: prenderás mil corazones de tus trenzas en la red, y en las salas, fulgorosas con cien lámparas y cien, al mirar tus atractivos y tu regia esplendidez, de amor morirá cada hombre, de envidia cada mujer: como leve mariposa en un ameno vergel volando de flor en flor liba de todas la miel, tal volará tu capricho de un placer a otro placer, sin que, tan varios cuan dulces, falten jamás a tu sed. Pero sobre tanta dicha, pero sobre tanto bien, te daré que ames amada, que el bien de los bienes es. Compara a la dulce vida que te ofrezco y cumpliré, la espantosa que te aguarda bajo lúgubre pared, en anticipada tumba, en impenetrable Argel, morada de penitencia y de llanto y lobreguez. En sagrada prisión guarde un humilde parecer sólo aquella a quien avara de beldad natura fue: mas en ti a cuya hermosura entre todas el laurel dar es fuerza, aunque la Envidia de tus gracias sea juez, es linaje de suicidio, criminal insensatez en un claustro solitario tantas gracias esconder. Aún es tiempo, incauta virgen, aún es tiempo: el paso ten: no traspases todavía el terrífico dintel; ve lo que haces y no sea que, pesándote después, un vínculo indisoluble quieras en vano romper. Ve las ledas muchedumbres que en magnífico tropel hoy presento a tus miradas convidándote al placer. ¿Di, no escuchas los acentos que te envían? vuelve pues: no me dejes, bella niña, no te vayas, Isabel». Y tu madre y tus hermanas y el amor y amistad fiel y el placer, la vida, el mundo, prosternados a tus pies, todos, todos suplicantes te repiten a la vez: «no te vayas todavía no nos dejes, Isabel». Mas tú al mundo así respondes con heroica intrepidez: «vano mundo, te conozco y ya tus perfidias sé: no me engaña de tus pompas, el falsísimo oropel, ni me halaga de tus flores el mentido rosicler: ya sé que eres mar turbado donde el humano bajel vaga incierto, de las olas y los vientos a merced: sé que a tus crédulos hijos jamás guardaste la fe, que dulce miel nos prometes y nos das amarga hiel; que el amor con que nos brindas agua de los mares es, que nunca sed apaga y más irrita la sed. Amor verdadero busco, eterno le he menester, que ni los años le gasten ni quepan dudas en él: esposo darme no puedes como el que yo me busqué, aunque me dieras del orbe el más poderoso rey. Puerto seguro y tranquilo, celeste asilo encontré do nunca a llegar alcanza de viento y onda el vaivén. ¡Mundo traidor! ¡falso mundo! No al viento tus ruegos des; te conozco, te desprecio, y es tal por ti mi desdén, que te juzgan mis amores corto mezquino interés para darte en holocausto al que hoy recibe mi fe. Y pues tu fango y peligros trueco por tan alto bien, sin un suspiro siquiera te dice adiós Isabel. ¡No así a ti, madre del alma, madre dulcísima, a quien me ligan los dobles lazos del amor y del deber! ¡Y vosotras, compañeras de mi dichosa niñez! ¡Ay, mi madre! ¡ay, mis hermanas! No mis ansias aumentéis. No está en mí tener la planta, irme es ya forzosa ley; ved que es Dios el que me llama: ¿quién resiste a su poder? Mas presentes noche y día a mi afecto viviréis, y al Señor de las clemencias por vosotras rogaré, porque un día nos conceda que nos volvamos a ver en los fúlgidos Palacios de la mística Salem». (1867)

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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