La desgracia

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Con esa sombra que jamás evito, ¿en mí castiga el soberano Juez legadas culpas, o fatal delito que en otra vida me manchó tal vez? En las partes más solas y calladas sus pasos oigo resonar detrás, y guardan sin cesar con mis pisadas un siniestro monótono compás. Si tal vez apresuro mi carrera, pensando que su alcance burlaré, también ella sus pasos acelera, e igualmente cercano oigo su pie. Y cuando más por escaparme peno, su acento escucha mi mortal terror, su horrible acento que, rival del trueno, «sigue, grita, tu curso volador. »Que sin darte jamás treguas ningunas, tras tus pisadas mis pisadas van: de Venecia lo saben las lagunas, los palacios lo saben de Milán. »Y los templos lo saben y las ruinas de la que fue del mundo emperatriz, y las músicas ondas cristalinas y jardines de Nápoles feliz. »Y lo sabe la artística Florencia, y Génova, la espléndida ciudad, siendo lóbrego velo mi presencia que te empañó de Italia la beldad. »Tajo lo sabe de dorada arena, Betis ilustre y diáfano Genil, Támesis frío, y cenagoso Sena, y mil ríos lo saben y otros mil. »Busca, busca, insensato, nuevas playas, más tristes siempre cuanto ansiadas más: a donde quiera que en tu fuga vayas, nunca, nunca de mí te librarás. »Te recibí al nacer: mecí tu cuna, y fue mía tu lágrima primer; en vano mi presencia te importuna: acrece tu fastidio mi placer. »Para estar en eterna compañía el supremo destino nos creó; y para hüirme, menester sería que de ti huyeras, que otro tú soy yo.» Y así es seguirme su constante empleo de un confín de la tierra a otro confín, como tenaz remordimiento al reo, cual los divinos ojos a Caín. ¡Ah! por no ver a la que así me aterra y acosa y atormenta sin cesar, me escondiera en los senos de la tierra y en los abismos húmedos del mar. Si a veces busco compañía humana, vanos amigos cariñosos son y hasta beldad enamorada es vana para ahuyentar tan cruel persecución. Si en danza busco bulliciosa y leda breve instante de tregua y de solaz, de blancos rostros entre alegre rueda súbito asoma su amarilla faz. Y cual armada sombra vengadora visible sólo al matador, así su atroz presencia que el sarao ignora solo descubre la feroz a mí. Y tal vez de improviso entre el rüido de la festiva música veloz, palabras de terror me habla al oído y yo sólo oigo su siniestra voz. Roba paz a la noche, luz al día, blando aroma a las flores del jardín, de los frutos aceda la ambrosía y emponzoña el magnífico festín. Yo la siento ceñir mi cabecera al dar al sueño mi abrasada sien, y al abrirse mis ojos, ¡vista fiera! en mí clavadas sus miradas ven. Ella será quien en la huesa me hunda, y su semblante el último será que divise mi vista moribunda entre las sombras sempiternas ya. Así se queja; y a su espalda en tanto la le tenaz perseguidora recorre atenta el doloroso canto, y cruda ríe, citando el triste llora. (1861)

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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