Sevilla

E Eduardo Asquerino
0 Altın Yaprak
¡Ay! ¡qué aroma embalsamado, y qué armonioso concento, y qué susurro acordado al claro espacio alborado lleva en sus alas el viento! ¡Salve, ciudad de las flores! que hasta olvidé mis dolores en tus eternos pensiles; ¡Eden de los Irasfiles, paraíso de los amores! Al sol tocando su frente, en mar de aromas se baña rica matrona esplendente; es la perla que el Oriente dejó entre flores á España. La que en sus glorias encierra al que tuvo en santo anhelo ganando su trono en guerra, para reinar en su tierra que santificarlo el cielo. Paraíso de serafines, la de los gayos jardines señora del reino moro, la de los mil paladines, la de la torre del Oro. En el Eden de Irasfil el mas fragante pensil, la envidiada maravilla de pueblos y reyes mil, la hermosa oriental Sevilla. Esas montañas frondosas, murallas de nardo y rosas que por cercarte se enlazan, díme si amantes te abrazan ó te aprisionan celosas. En prados de eterna gualda la alzó el abril sus altares, y, bordando su esmeralda, la están guardando la espalda con sus abismos los mares. Y en red de cristal prendidos sus anchos valles dilata de mil colores vestidos: íris de flores tendidos entre serpientes de plata. ¡O sobre ti sus celajes dejó la pintada aurora, ó guardan aun tus ramajes, los pendones y plumajes y ríos de sangre mora! Plateados espejos fieles anhelando retratarla abandonan sus vergeles y envuelto en rosa y laureles el Bétis viene á besarla. Murmullo de sus querellas todo el aire es ruiseñores, todo su espacio colores, y todo su cielo estrellas, y todo su campo flores. Que Dios la dió de abedul floridas selvas sin fin, sus perlas la mar azul, de Europa rica Estambul, del orbe eterno jardín. Y es del imperio oriental el mas glorioso blason su gigante catedral, de los cielos pedestal, de los siglos panteon. Que yo en su Giralda leo cuanto de grande el deseo en sus delirios encierra, de las edades trofeo, monumento de la tierra! Orlada en perlas y azahares ya las armadas no ves, que de remotos lugares rizando los anchos mares rinden tributo á tus piés. Ni el árabe centinela quejarse en dulce concento tras la celosa cancela, cuya amante cantinela murmura envidioso el viento. ¡Qué se hizo la selva umbría, do el rey Alhamar un dia con tristes quejas amargas su pesadumbre decía á Garci Perez de Vargas! ¡A dónde el bravo adalid que compitiendo en su gloria fué de los árabes Cid! A cada aurora una lid; cada lucha una victoria. ¿Dó tu poder? ¿Dónde fueron los conquistados tesoros? ¿Dó tus falanjes huyeron? Dó tu esplendor? ¿Qué se hicieron las justas de reyes moros? Tachonados de trofeos, dó tus palacios —alhambras? ¡Dónde, alegres devaneos alternando en tus torneos cañas, sortijas y zambras! ¿Dónde tus estancias bellas con sus vidrios de colores y embalsamados olores? ¿Dó las cristianas doncellas del harem de los amores? ¡Y cuán amargo fué el lloro de aquel arrogante moro, cuando hincada la rodilla entregó la llave de oro de la opulenta Sevilla! ¡Qué en Buena Vista sentía cuando su adios te decía de Atjataf el pueblo fiel! Sin un Dios, nuevo Israel, que á los desiertos huía. El llanto vertiendo á rios te despiden con clamores. Así van los ruiseñores s i cazadores impíos roban su nido de amores. Nido de amor y placeres, trono de Venus y Ceres rodeado de serafines: ¡si me encantan tus jardines me arrebatan tus mujeres! ¡Ay! tal vez enamorada bebió un suspiro la brisa, que el alma quedó arrobada en una tierna mirada, en una dulce sonrisa. Mas del sol de los placeres jamás la luz se ha nublado: te dió la gloria sus seres... nuevo paraiso encantado, ángeles son tus mujeres. Que el árabe, sin enojos al humillar su altivez, parece la dió en despojos lo rasgado de sus ojos, lo moreno de su tez. Y aun allí el Bétis retrata empavesados bajeles, y aun á los mares dilata presas sus ondas de plata en cenefas de claveles. Y sin su pompa oriental aun es de Tiro pensil, y aun ostenta sin igual con las galas del abril sus auroras de coral. Y su Giralda atrevida, de su alcázar los jardines, la amante queja sentida, su angosta calle torcida, sus cancelas de jazmines. Sus auras embalsamadas, su corona de luceros, sus floridas enramadas, sus noches enamoradas, sus selvas de limoneros. Y aun, cual hermosa, esplendente en mar de aromas se baña Sevilla, alcázar potente; rica perla que el Oriente dejó entre flores á España. Quizá en el alma grabado llevo tu rostro, sultana; adios queda, sevillana, aun naciente, enamorado lucero de mi mañana. Y adios, ciudad de las flores, que tanta ventura encierra que hasta olvidé mis dolores: paraiso de los amores, poesía de la tierra.

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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