Recuerdos de Valladolid
J José Zorrilla
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Altın Yaprak
Esto hablaban una tarde,
ya muy cercana la noche,
doña Ana Bustos Mendoza
y don Tello Arcos de Aponte.
Iguales en lustre ostentan
sus heredados blasones;
ella envidia de las damas,
él galán entre los hombres.
Y ella hermosa, y él valiente,
por especiales razones
unirlos en casamiento
sus parientes se proponen.
Don Tello adora a doña Ana,
mas como valiente noble,
ha más de un año que espera
que su afán se le malogre,
porque ha tanto que la niña
tiene asentado en otro hombre
el pensamiento amoroso,
y ni sosiega ni come.
Es su amor don Juan de Vargas,
que a Italia oculto fugóse
por no sé qué muerte oculta
en las sombras de la noche.
Mas don Juan desde aquel día
tan de veras ocultóse,
que de su estado y persona
cartas ni amigos responden.
En vano tras nuevas suyas
se rastrearon en la corte
mil exquisitas pesquisas,
mil cortesanos favores.
La justicia dióle libre,
el mismo Rey perdonóle;
pidieron a todas partes
cartas y noticias dobles;
mas en todas fueron vanos
al misterio que lo esconde,
los parabienes presentes,
las antiguas precauciones.
De todas partes los pliegos
vuelven bajo el mismo sobre,
porque en ninguna parece,
ni en ninguna le conocen.
Cansado por fin don Tello
de plazos y condiciones,
y recelando que al cabo
parezca don Juan y torne,
resuelto y tenaz decide
que, pues año y medio corre,
de grado o de valimiento
se cumpla cuanto pactóse.
Y la verdad, que doña Ana,
más tibia ya en sus amores,
no con enojos escucha
de don Tello las razones,
ni estorba que la festeje,
ni que vista sus colores,
ni entre en su casa de día,
ni que sus rejas la ronde;
porque en esto de firmezas
en ausencias y en amores,
era sin duda lo mismo
que en nuestros tiempos, entonces.
Quedó, pues, dicho y jurado
que, excusadas dilaciones,
la boda se concluyera
dentro de la misma noche.
Y en todo Valladolid,
cuantos hay vecinos nobles,
a dar sus enhorabuenas
a los novios se disponen.
Mas es preciso advertir
que mientras en los salones
danza y festejos preparan
juntos Mendozas y Apontes,
las puertas del Campo Grande
cruza a resuelto galope,
embozado en una capa,
sobre un potro negro, un hombre.
Es una noche de Octubre
que la atmósfera encapota
entre las dobles cortinas
de la niebla y de la sombra.
En ráfagas desiguales
el cierzo a intervalos sopla,
quebrándose en las esquinas
con voz destemplada y bronca.
Lucen en ellas apenas,
como sombras vaporosas,
mas esparcidos, faroles
que entre la niebla se ahogan.
Y a su esplendor vacilante,
por las calles tortüosas
apenas a ver se alcanza
de los que pasan la forma;
que no es tan tarde, que en sueño
la ciudad repose toda,
ni tan pronto, que aun excusen
los rondadores su ronda.
Oyese el sordo murmullo
de las fugitivas ondas
con que el revuelto Pisuerga
ambas orillas azota;
y entre su son temeroso,
la voz compasada y ronca
con que las huecas campanas
al toque de ánimas doblan.
Allá por sobre las cercas
que el Campo Grande aprisionan,
turbias luces se perciben
por entre ventanas rotas,
a cuya opaca lumbrera
algún penitente ora,
y con el llanto del monje
las culpas del hombre borra;
o algún sabio solitario,
en meditación más honda,
del vano mundo desprecia
la mal olvidada pompa.
¡Cuán grato es ir sin camino,
con el corazón a solas,
en la deliciosa calma,
de la noche silenciosa,
sin testigos que sorprendan
sobre la faz melancólica,
las lágrimas que se escapan
de los ojos gota a gota!
Noche, consuelo del triste,
bendita tu amiga sombra,
entre cuyos densos pliegues
no se avergüenza quien llora.
Yo también, triste poeta,
al compás del arpa ronca
te rindo tributo en lágrimas,
plegarias de mis memorias;
y una y mil veces bendigo
tu espesa tiniebla lóbrega,
desciñendo las guirnaldas
que el arpa cansada adornan.
Noche, consuelo del triste,
bien haya tu amiga sombra,
entre cuyos densos pliegues
no se avergüenza quien llora.
Cruzando del Campo extenso
la soledad misteriosa,
a lentos pasos camina
un hombre, de cuya forma
se distingue solamente
la pluma que en alto flota,
las espuelas en que acaba,
y la espada que le abona.
Lo demás de su figura
lo velan, guardan y embozan
los secretos de una capa
en que envuelve la persona.
Ganó la vuelta a la plaza
por, una calleja corva,
de casa en casa pasando,
señas tomando de todas.
Delante de una al tenerse,
que de palacio blasona,
«Ésta es», dijo, y en la puerta
la mano atrevida posa.
Mas no bien dentro del patio
el son de la aldaba dobla,
corriendo dentro un cerrojo,
un hombre al dintel asoma.
Haciendo paso al que sale,
el que iba a entrar se reporta,
y al tiempo mismo en su rostro
reflejó la luz dudosa.
—¡Don Juan1—¡Don Tello!—exclamaron
en voz descompuesta y honda
ambos a dos personajes,
como quien duda y se asombra.
—¿A don Juan mirando estoy?
—¿A quien veo es a don Tello?
—¡Por Dios, que no erráis en ello!
—Ni vos en mí: don Juan soy.
—Seguidme.
—¿Adónde?
—A reñir.
—Vamos; mas reñir, ¿por qué?
—Seguidme, don Juan, que a fe
Que os lo tengo de decir.—
Calló don Juan, y don Tello,
en faz decidida y torva,
«por aquí», dijo, y airado
la vuelta del Campo toma.
Los estoques en la mano,
sueltas en tierra las capas,
están dos hombres a punto
de cerrarse a cuchilladas.
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