La pasionaria
J José Zorrilla
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Altın Yaprak
En un fresco valle ameno
de flores y árboles lleno
que a un jardín se parecía
un buen hidalgo vivía
de pesadumbres ajeno.
De aquel albergue escondido
la soledad deleitosa
había un santuario sido
donde pasó guarecido
su larga vejez dichosa.
Soldado fue mientras pudo
con el lanzón y el escudo,
mas su buen tiempo pasado
volvió a su valle ignorado
a ser campesino rudo.
Allí dejó a su partida
para la empeñada guerra
en una esposa querida,
y una hija de ella tenida
cuanto adoraba en la tierra.
Mas de la guerra al volver
con sus heridas ufano,
echó el buen hombre de ver
que honrado volvía en vano,
faltábale su mujer.
El pobre hidalgo la enviaba
nuevas suyas cada día
que una ocasión encontraba,
pero siempre se perdía
el mensaje, y no llegaba.
Murió pues la triste esposa
sin noticias de su suerte,
pues en lid tan azarosa
dar era difícil cosa
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más noticias que la muerte.
Lloró su mala ventura
por largo tiempo el soldado,
mas todo el tiempo lo apura,
y el deleite y la amargura
tienen su fin señalado.
Vivo trasunto de aquella
perdida ya dulce esposa
quedábale una doncella
como su madre amorosa,
y más que su madre bella.
¿Y quién ¡Vive Dios! no olvida
los desastres más prolijos
cuando la luz de su vida
llega a ver reproducida
en el amor de sus hijos.
La vejez desencantada
tal vez no goza con nada,
pero la más cruel historia
se borra de su memoria
si de hijos se ve cercada.
Así el valiente Robleda
todo su amor atesora
en la hija que le queda.
¡Ojala Dios le conceda
larga vejez con su Aurora!
Aurora, sí, se llamaba
porque en la aurora de un día
conque un abril empezaba
nació, y el sol que apuntaba
con ella a la par nacía.
¿Y quién sabe si al prever
su hermosura venidera,
quiso el sol su estrella ser
y vino la primavera
su más bella flor a ver?
Así suceder debió
porque en aquella espesura
la bella Aurora creció
y diola doble hermosura
cada aurora que pasó.
Rosa del valle frondoso
que del cierzo la guarece
su cáliz abre oloroso,
bálsamo esparce precioso
en el desierto que crece.
Sus primorosos colores
y su fragancia exquisita
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vergüenza son de las flores
que aquellos alrededores
dan entre yerba marchita.
Y orgulloso y satisfecho
de guardar tan linda flor,
Robleda pide a su pecho
ámbito menos estrecho
para su ambicioso amor.
Toda su triste existencia
de Auroras desventuradas
y de sangrientas jornadas
de aquella aurora en presencia
sueño es de cuitas pasadas.
Y así en su albergue escondido
y en soledad deleitosa,
contra el pesar guarecido
para su vejez dichosa
el soldado encanecido.
Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv
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