Fantasías de amor

M Miguel Ángel Corral
0 Altın Yaprak
(Al señor bachiller Pereira Gamba) I ¿No conoces a Delia? ¿No has visto, por ventura, al contemplar su angélica hermosura, esa luz fulgurante que tranquila se irradia en su semblante, como el resplandor vago que la callada luna vierte en las aguas del sereno lago? ¿Ni la has visto en celeste arrobamiento toda llena de hechizos, cuando deja flotar en áureos rizos su rica trenza desatada al viento? ¿Y no has mirado nunca el destello amoroso de sus lánguidos ojos, ni apetecido, ansioso, el dulce néctar de sus labios rojos? Es bella como el cielo, y aunque de bronce y hielo el corazón tuvieras, a sus plantas postrándote sensible, como yo, tú la amaras si la vieras, porque verla y no amarla es imposible. Si ferviente la miro, en el instante, cual blanca rosa que carmina el alba, se ilumina su angélico semblante; y si su mano estrecho, sus ojos baña celestial ternura, y oscila con presura en honda conmoción su ebúrneo pecho. Y si tímida me habla, su perfumado aliento a mi alma trae virginal aroma, y su sentido acento es el blanco arrullar de una paloma. Si con airosa planta y descubierto el seno risueña va cruzando el verde prado y el vergel ameno, al bosque mismo su beldad encanta, y acallan sorprendidas las fuentes su murmullo; y, depuesto su orgullo, y pálida del celo que la abrasa, la flor se humilla cuando Delia pasa, y al sentir en su linfa retratados sus claros ojos, su nevada frente, estáticos la miran y paran los arroyos su corriente. II Y yo besé una noche su mano temblorosa; y cediendo a mi súplica ardorosa, como encendido broche de pétalo fragante, abriéndome un paraíso de ventura, me ofreció ¡oh Dios! su labio palpitante; y velando su faz arrebatada, suelto cual áurea nube en ondas perfumadas su cabello, como inocente tórtola que muere entreabriendo su ala estremecida, sobre mi pecho, toda conmovida, dobló su blanco cuello en lánguido desmayo, y en sus hombros de nieve quebró la luna su indeciso rayo. III ¡Ay! desde entonces llevo yo la sombra de esa mujer en mi alma; triste mi labio férvido la nombra, y por ella suspiro en medio del silencio y de la calma de la estrellada noche; y aún siento enamorado que hierve en mis entrañas, turbando donde quiera mi sosiego, como una ola de fuego que ni el tiempo sofoca la ardiente llama que aspiré en su boca. Y ahora, sin gozar de sus caricias, con su imagen deliro, y si al paso la encuentro, conmovido en su centro, tiembla mi corazón cuando la miro, y pálida a mi vista, también ella convulsa se estremece; y al verla me parece que aún derraman su luz inspiradora en su torneado cuello de alabastro los rayos indecisos de aquel astro que alumbró aquella noche encantadora! IV Desde sus lindos ojos, trémulo se desprende, más puro que la lumbre matutina, el rayo que mi espíritu ilumina y en dulcísimo amor mi pecho enciende. Y de noche, de día, a cualquiera hora la miro alucinado; y a la luz del ocaso y de la aurora los cielos atraviesa, cual la amo delirante: angelical, etérea, lánguida, melancólica, radiante. V ¡Y me ha de olvidar ella!, que pronto la mujer voluble olvida sus más hondas y vivas afecciones, y muertas sus pasadas ilusiones, rompe infiel de su amor los tiernos lazos y deja por otro hombre al que ayer estrechaba entre sus brazos. ¡Ay! y mi oscuro nombre que es el triste compendio de la historia de un amor que entre lágrimas crecía, ni aun cruzará, tal vez, por su memoria. Mas ¡no importa! Yo siempre sabré amarla, porque el puro cariño con que la idolatraba desde niño y que ella fecundar supo amorosa al triste resplandor de sus miradas, siendo mi propia esencia, es el foco vital de mi existencia; y si el soplo glacial del cano tiempo apaga su carrera, trocando en fría calma, los torpes incentivos de la materia inerte; triunfan de los años y la muerte las pasiones que brotan en el alma. VI Ella es mi único bien, porque la quiero, porque la amo y la adoro con locura; y late y está dentro de mí mismo, como está en el abismo del Cotopaxi ardiente el fuego que lo abrasa eternamente; y como está la luz en la mirada, y en la pupila el llanto que muda agolpa una alma desolada. ¡Ay! ¡y la quiero tanto! ¡Sí! que el tenaz recuerdo de sus primeras y últimas sonrisas, perturbará en mi huesa solitaria la funérea quietud de mis cenizas. VII Y cuando ¡ay! a mi término me acerque y antes que yerto a mi sepulcro baje, recuerde lo pasado en mi agonía; y en óptica sombría se lancen por el fúnebre celaje de mi nublada mente oscurecida, cual pálidos fantasmas, los más caros ensueños de mi vida, su imagen ilusoria, entre dorada lumbre confundida, radiante cruzará por mi memoria. ¡Y tan bella y sensible, tan pura y amorosa, como estaba en mis brazos esa noche de misterios profundos y de vagos y tiernos resplandores, será Delia a mis ojos moribundos la virgen de mis últimos amores!

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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