A mi patria (2 Althaus)

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Ya se acerca el instante bienhadado de volver, dulce Patria, a tu ribera, que, ha un lustro, a mi profunda constante pena siglo dilatado, mi planta abandonó por vez segunda: ¡piadoso el cielo quiera que sea de mi vida la postrera! Que, aunque de ti destierro no me aparte, sin cesar empleado en recordarte, de la ausencia el tormento al par de triste desterrado siento. Y es el cielo testigo que sólo aplaca la tristeza mía el platicar de ti con dulce amigo, hijo tuyo también, y de la propia congoja enfermo de que peno y lloro, y verte al menos en la breve copia del mundo retratada, y desde el suelo donde triste moro viajar con la prestísima mirada a tu playa feliz que tanto dista ¡Y ojalá que tan vasta lejanía vencer pudiera en el veloz momento en que anda el mapa la ligera vista o la tierra y el mar el pensamiento! Y todo es ocasión de que a mi mente en todos los instantes, oh patria, tu memoria se presente: si tranquilo y feliz un pueblo miro, pensando en tus discordias incesantes, exhala el corazón hondo suspiro; si artísticas nombradas maravillas admirado contemplo, trasladarlas quisiera a tus orillas; si de virtud y patriotismo ejemplo leo o escucho celebrar preclaro, le envidio para ti; y heroica hazaña, hecho sublime y raro, cuanto grande por fin, noble y hermoso admira en gente extraña, lo anhela para ti tu hijo amoroso. Mas no por lo que en ti de menos echo, y que darte querría, tan solamente me enternece el pecho tu memoria dulcísima; que al día, mil también y mil veces, por los dones que encierras te me ofreces. ¡Cuánto, oh mi Lima, anhelo ver de nuevo tu puro alegre cielo! ¡Cuánto echa el alma menos tus iguales serenos días, y tus noches bellas, de tus días rivales, donde todo su ejército de estrellas en campo azul el firmamento aduna, y la luz de la luna, no en lo claro, en lo suave solamente, es de la luz dïurna diferente! ¡Cuánto extraño tu blanda primavera, que alegre persevera y el año cambia en sempiterno Mayo; tu ambiente puro, sin cesar ajeno a la lluvia y al trueno, y al siniestro relámpago al rayo; tus celestiales hijas, que la fama, en elegante aliño, Y en gracia y en beldad, únicas llama; de tu tan hospital gente y humana el genïal agrado y el cariño, que el extranjero al natural hermana; tus familiares frases expresivas, donde nueva mayor dulzura toma de Iberia el dulce idioma, y su gracia y viveza más avivas; tus casas, templos, calles y paseos que niño hollé con indecisa planta; tus cantos populares que la memoria sin cesar me canta, y hasta tus dulces frutas y manjares! Ni hay en ti, patria amada, cosa alguna de las que sólo precia quien te pierde, con que mi ausencia no hagas importuna, y de que con deseo no me acuerde. Nunca amarte juzgué con tanto exceso como hora que de ti distante vivo; cual la preciosa libertad más ama el mísero cautivo, así hora crece de mi amor la llama. ¡Cómo, cuando a tu seno dé la vuelta, ha de preciar el alma su ventura, de la familia la sin par dulzura saborëando, y goces mil que encierra en sí la propia tierra! ¡Cómo, feliz viajero, visitaré una a una tus hermosas ciudades! la ingeniosa ciudad valiente, de mi madre cuna, que del ardiente Misti al pie reposa; Cuzco, que del primer glorioso brillo despojó el hado aleve, y la noble Trujillo, de la opulenta Lima copia breve; la triste Cajamarca, que de Pizarro la traición aún llora y la prisión del infeliz monarca; y la heroica Ayacucho, de Cajamarca ilustre vengadora, cuyo glorioso nombre nunca escucho, ni escuchar puede libre Americano, sin que palpite el corazón ufano, y al cielo gracias rinda el labio ardiente de haber nacido en suelo independiente. Mas ¿qué digo? no habrá mezquina aldea que con ojos no vea del que nacido fue en su dulce seno, ni habrá pedazo en fin de tu terreno que hermoso y santo para mí no sea. ¡Qué gozos tan sublimes me destinas, cuando del inca imperio huelle las tristes majestuosas ruinas; y esas cuyo remoto origen vela, en confuso misterio que en vano se desvela por penetrar el sabio encanecido, la antiquísima noche del olvido! O al recorrer, clavando aguda espuela de generoso bruto en los hijares, tus inmensas llanuras y praderas; al penetrar tus selvas seculares, donde no entra jamás el sol sereno; al trepar tus Andinas Cordilleras, de los cielos altísimos pilares; al ver el breve mar que en tu ancho seno encierras y aprisionas, y al detener mi planta en las riberas de tu caudalosísimo Amazonas de los ríos del orbe soberano, y orgulloso rival del océano! Y ¡cuánto escenas tales, a la ambición de mi deseo iguales, inflamarán mi osada fantasía, que, de lo grande y de lo nuevo ansiosa, en tu sin par naturaleza, virgen al canto todavía, nuevo mundo de rica poesía conquistará, y laureles que a tu planta pondrán mis manos en ofrenda santa! Y una vana ilusión tal vez me engaña: mas espero que el sano ambiente, henchido de pureza y vida, de perüano valle o de montaña al fin me torne la salud perdida, aquí buscada con afán tan vano; y mayor esperanza aún me halaga: que la antigua ilusión de inmensa y vaga ventura que persigo de ti, encarnada, viva, en divina mujer tu hijo reciba, y en ella encuentre la anhelada calma y contra males de la suerte abrigo; mereciéndote, oh patria, juntamente el cuerpo su salud, su dicha el alma. Mas ya me la concedas generosa, ya de ella seas con mi anhelo avara, eternamente habrás de serme cara, sin atreverse nunca la querella a ti de mi dolor; feliz el hado me des o desgraciado, de espinas me corones o de flores, Tú serás el mayor de mis amores; y, hasta el postrer suspiro de la muerte, corazón, alma, vida y pensamiento, y de mi lira el ardoroso acento, no he de cesar un punto de ofrecerte; y, si mi alma amorosa correspondencia no halla a su deseo, y sus goces me niega el himeneo, tú mi dama serás y tú mi esposa. Ni, por verte tan triste y desgraciada, de la discordia y ambición teatro, menos, oh dulce patria, te idolatro, antes crece mi amor piedad sagrada; ni, aunque ahora tanto en esplendor te venza, pienses que la europea tierra, que te desdeña en su ufanía, de ser tu hijo me cansó vergüenza; que ni a la hermosa celestial idea correspondió del alta fantasía, que pedazo del cielo la fingía; mas, aún cuando excediera las esperanzas mías, y Edén segundo y mejorado fuera, nunca tu hijo de ti se avergonzara, ni jamás dejarías de ser en sus afectos la primera; y, si a nacer tornara yo y del cielo la soberana ley a mi albedrío elegir consintiera patrio suelo, mas suelo no eligiera que el ya mío. Mas ¿quién nos dice, oh patria, que mañana rayos no des de gloria soberana? Si es de la vana Europa lo presente, es tuyo lo futuro; que nada persevera eternamente, ni a cambios del destino está seguro; y con nación alguna hizo pactos eternos la Fortuna, que, ministra del cielo, nos gobierna, y a cada gente el principado alterna. Tal vez no dista el venturoso día que, a Europa, demostrando rostro adverso, al vasto mundo de Colón sonría. Y el imperio le dé del universo, y su vez gloriosa le conceda a mi dulce Perú su instable rueda, que de tanto reyes en desagravio con que le aflige y afligió le debe, citando yazga quizás inútil plebe quien hoy nos befa con soberbio labio, Mas para idolatrarte no ha menester el alma imaginarte de excelsa gloria y resplandor cubierta: bástame que en tu cielo mis miradas alegres saludaron al sol nuevo; que en ti mi planta incierta dio sus primeras trémulas pisadas; que a ti familia y dulce madre debo, y de la pura infancia los placeres; a ti el primer amor y las sinceras amistades primeras: bástame en fin que tú mi patria eres, que para el tierno corazón del hombre todo se cifra en este dulce nombre. Sí, que en el pecho humano, de todos sus afectos soberano, de la patria el amor Naturaleza, inmortal esculpió, profundo, inmenso, del tiempo vencedor y la distancia; y de nuevas regiones la grandeza, poder, tesoro, amor, nada le entibia; y, aunque el más triste páramo de Libia te engendrara, y estancia te dé en su vasto seno, de eternas fiestas y delicias lleno, la encantada metrópoli de Francia, siempre suspirarás en suelo ajeno. Aunque terrenos paraísos pises, nada el anhelo de la patria aplaca: dígalo el sabio pacïente Ulises, que, con morar en un Edén pequeño, de bella diosa idolatrado dueño, sólo anhelaba regresar a Itaca, y, como favor sumo, a Jove suplicaba queje diera vivir donde siquiera se divisase de su hogar el humo; y, huyendo de la tierna amante diosa, sentado tristemente en la ribera del inmenso océano, pasaba entero el día en su patria pensando, hijo y esposa, y en Laertes, su anciano padre, que acaso ya no viviría. Y a su lado llegando, se quejaba tal vez así la huéspeda divina: «¿Por qué me huyes, ingrato? ¿La soledad prefieres de esta playa de una diosa al amor y estrecho trato? ¿Por qué yaces sentado en la marina, desde que el alba sonrosada raya hasta que el sol declina, en silencio y a solas contemplando con lágrimas las olas? ¿Qué mortal, sino tú, pagar pudiera mi amor en tal manera? ¿Quién en este terrestre paraíso, del alma primavera eterna corte, quién por mí no olvidara hijos, consorte, familia, patria, y cuanto un tiempo quiso? en jardín que deleita las miradas del que deja las célicas moradas, o a visitarme baje, o me traiga de Júpiter mensaje, ¿Quién, dime, el mundo todo no olvidara? Mas tú, la dicha rara de ser el caro dueño de Calipso mal preciando insensato, solo anhelas a Itaca desplegar las raudas velas, y volver de Penélope a los brazos: mas, dime, ¿en hermosura no la eclipso y en amor y en ingenio? pues mal puede débil humana, que a los años cede, a eterna diosa disputar la palma en corporales prendas y del alma. «Deja pues ese anhelo y largo llanto, y mi amor goza en tanto; de la inmortalidad con que te brindo acepta el alto don, y sé mi esposo; tiempo es que de tus viajes el reposo quieras aquí gozar; de nuevas penas en demanda no vayas, libre de tantas por mi amparo apenas. ¡Ah! si supieses los trabajos grandes que te esperan al irte de mis playas, cuando por mares y por tierras andes errante peregrino, sin que un punto reposes, juguete del destino, y blanco de las iras de los dioses, por siempre renunciarás al deseo de salir de este plácido Eliseo; y tu Itaca pusieras en olvido y tu esposa, gozando satisfecho de ilustre diosa el venturoso lecho, que más de un morador esclarecido del bienhadado Olimpo envidiaría.» Entre airada y amante, se querellaba así la hija de Atlante; y el Itacense así le respondía: «Cierto es, augusta, Diosa, cuanto decís, y mal comparar puedo mi Itaca pedregosa a esta florida, amena, feliz isla, de los cielos bellísimo remedo (y en el mismo de Jove alcázar alto vos con vuestra presencia convert isla) ni soy tan ciego y de sentido falto, que no alcance a entender con cuanto exceso vence a la de mi esposa y anonada vuestra inmensa beldad, que nunca el peso del tiempo sentirá, ni de la helada enfadosa vejez los graves daños, habiendo de volar sin fin los años sin que el menor hechizo nunca os roben, mas siempre os hallen bella y siempre joven; mientras la frágil suya, cual flor que vive sólo una mañana a marchitarse y fenecer condena forzosa ley de nuestra estirpe humana: mas Itaca es mi patria, y negra pena, que resistir es vano, me roe el corazón, de ella lejano; a ella de noche viajo, y a su puerto, do no puedo despierto, abordar en mis sueños me imagino; y paso, como veis, del sol el curso, mirando el mar inmenso, que el camino es de la patria mía, y que al alma tristísima consuela con la dulce esperanza de que un día, si no me abandonó favor divino, me ha de llevar por él rápida vela. «No hay hora, no hay instante en que no piense cuando será que al fin suelo itacense huelle, y bese con llanto y reverencia; y sienta el indecible regocijo de ver de nuevo, tras tan larga ausencia, a mi tan fiel Penélope querida, y a nuestro dulce hijo, que tan niño quedara a mi partida; y a mis amantes padres, cuyo largo vivir prolongue hasta mi vuelta el cielo, y a la fiel turba esclava, y hasta a mi pobre perro, mi leal Argo, ¡que por seguirme, a mi partir, lloraba! «Mi pensamiento sin cesar desvela de esposa e hijo la ignorada suerte, y tan tenaz recuerdo ni en vuestros brazos amorosos pierdo; acaso, mientras yazgo en ocio inerte, audaces pretendientes codiciosos a mi pobre Telémaco dan muerte, y a Penélope cercan, ambiciosos de su himeneo, con tenaz asedio, que a reducir no basta el firme pecho de mi esposa casta; tal vez, tal vez la dolorida exclama: «¿Dónde mi esposo está, que no me auxilia? Si en la tumba no duerme, ¿por qué así deja solitaria, inerme tan largos años a su fiel familia?» Sí, mi dulce Penélope, tus voces escucho, y, pronto dando las veloces lonas al viento, volaré en tu ayuda; pronto a Plutón mi vengador encono la turba loca lanzará, que solo falsa esperanza de mi muerte alienta a pretender del Laerciada el trono, y la mano y el lecho de su viuda. «Sin que el anhelo del retorno templen, que tan ardiente os muestro, los males que me anuncia el labio vuestro: no son para mí nuevas de la suerte las pruebas, con las que mi valor más acrisolo; diez años en crudísimas batallas me miraron de Troya las murallas; las iras sé de Eolo, y los peligros de Caribdi y Seila; y del Cíclope hambriento, a quien privé de su única pupila, cercano a ser me vi triste sustento: del hado a los insultos estoy hecho, y así, cuantos añada su cólera jamás apaciguada, todos resistiré con fuerte pecho. «Mas no os enojen, Diosa, mis sinceras palabras, ni temáis que en tiempo alguno olvide ingrato cuán piadosa y noble, en vuestras playas dándome acogida, me salvasteis de la ira de Neptuno; hasta la hora postrera de mi vida, en cualesquiera mares o países a do el hado me llevó, siempre en el alma vivirá de Ulises la memoria dulcísima de tantas altas mercedes que a Calipso debe, y que agradece humilde a vuestras plantas.» Si pues Ulises, de una diosa amado, gozando de su lecho y de su lado, en valles siempre amenos, en jardín sin cesar florido y verde, que bello se mostraba a las miradas a contemplar al cielo acostumbradas, su patria echaba menos; ¿cuánto será razón que te recuerde, dulce suelo peruano, siendo tanto más bello de Calipso el imperio sobrehumano que la tierra que huello, cuanto a ti cede Itaca, la postrera hija del Océano, de quien ni el nombre recordará el mundo, si por aquel no fuera a quien tornar a verla costó tanto de deseos, de afanes y de llanto?

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