Al ángel de mi guarda

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Tú que por mi amor trocaste el empíreo por el suelo, amoroso, inseparable, si invisible compañero; tú que en la débil infancia me salvaste de mil riesgos, escucha, celeste hermano, escucha mi humilde ruego. Tú la flor de mi inocencia resguardaste largo tiempo de la tempestad mundana y de sus impuros vientos: entonces te contemplaban tal vez mis felices sueños más bello que cuanto nunca despiertos mis ojos vieron: tus alas me cobijaban, me arrullaban tus acentos, bien como al niño dormido arrulla el canto materno, que entonces mi alma inocente era purísimo espejo donde tu rostro veías y te agradabas en verlo; mas del mundo corrompido al fin el impuro aliento, de espejo que tanto amabas manchó los cristales tersos. Tú sin embargo piadoso, con amor más que fraterno, tus inspiraciones santas dabas al culpable pecho: pero yo las desechaba con ingrato menosprecio, y en la senda de los vicios me desbocaba sin freno. ¡Cuántas veces te he obligado a hollar lugares secretos, indignos de las miradas de un habitante del cielo! ¡Y al ver mis torpes delitos, la faz en grana tiñendo, a tus castísimos ojos formaron tus alas velo! Empero nunca en el crimen me has consentido sosiego, y con la voz siempre me hablas de santo remordimiento. Tú mi enmienda solicitas: yo sin cesar la difiero, y tus esperanzas burlo y tu amistad desconsuelo. Tal vez no dista el instante de mi vida postrimero, que a comparecer me lleve ante el tribunal supremo: ya me parece que triste y turbado te contemplo, al ser forzoso testigo contra tan querido reo: ya te oigo en mi larga vida contar apenas, gimiendo, uno o dos actos virtuosos entre mil actos perversos. Y al fulminar la sentencia el juez airado y tremendo, que con los lobos me junte y aparte de los corderos, tú, forzado a separarte de tu dulce compañero, ¡le enviarás con las miradas el último adiós eterno! ¿Y qué será de mí entonces, cuando te mire con lento vuelo alejarte, el lloroso rostro divino volviendo, y yo arrastrado me sienta a la morada del fuego y toque su umbral ardiente cuando tú el umbral del cielo!... ¡Ah! no, no sea: de Dios alcance tu pío ruego que su misteriosa gracia salve mi postrer momento; porque en el último día del transitorio universo, lleves a tu excelsa patria a este tu hermano terreno; y estrechamente enlazando con mutuo brazo los cuellos, en sus pórticos fulgentes paremos el raudo vuelo: y allí entre tantas venturas, y allí entre tantos contentos, no será tu compañía lo que me deleite menos. (1868)

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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