Al sol en el poniente

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
¡Mueres, excelso irradiador del día! Mas, como fue de rey tu nacimiento, ¡así en la majestad de tu agonía aún eres el señor del firmamento! Ardores pierdes y colores ganas, disco mayor, envejecido, muestras, y al fin concedes que un instante ufanas en ti se fijen las miradas nuestras. ¿Cuál en el labio sonará del hombre lengua feliz, tan abundante y rica, que los colores y matices nombre que tu luz en las nubes multiplica? ¿Ni cómo nunca pintará mi verso las mezclas mil y visos y cambiantes, y el rico tinte sin cesar diverso y en cada cambio más hermoso que antes? No del pavón la descogida cola tanta vistosa variedad remeda, ni así dora, carmina y tornasola el arte humano la lustrosa seda. Y de que tanto el resplandor los venza de esas joyas celestes, carmesíes se tornan los topacios de vergüenza y amarillos de envidia los rubíes. Te espera el océano que al decoro de ser espejo que tu faz retrata junta el de dar a tu cadáver de oro inmensa tumba de luciente plata. Pero entretanto que tus rayos bajea a la acogida que su amor prepara, él se consuela con tener tu imagen, cual sol segundo deslumbrante y clara, y en tu sepulcro de ondas y de llamas, que por tálamo un Dios envidiaría, con manos llenas sin cesar derramas diluvios de chispeante pedrería. En las túmidas olas que al encuentro te salen, ya desciendes a ocultarte: la mitad de tu disco está ya dentro y sobre nada la restante parte. Mitad pareces de gigante escudo que rojo sale de celeste fragua y que apagar tan solamente pudo toda esa azul inmensidad del agua. Aún arde en tierra la nevada frente del empinado y altanero monte; y junto al mar, con tu caída ardiente, es otro mar de fuego el horizonte. Y presto sigue a tu mitad primera, dentro del seno de la mar oculta, la otra mitad que purpureaba fuera, y ya todo la onda te sepulta. Mas, aunque en ella entero te amortajes, aún pareces durar en los matices que conservan los últimos celajes en los que adiós al universo dices. Cual lavada paleta, el occidente se deslustra por fin y descolora, y una memoria de su rey fulgente sólo le queda al universo ahora. Y el alma humana soñadora y triste se torna en ese tan solemne instante, y vaga sombra de tristeza viste de la Naturaleza el gran semblante. Y te sucede del Amor la estrella, clarísimo brillante, joya viva que orna la frente de la Tarde bella que se avanza callada y pensativa, en el instante breve meditando que su existencia fugitiva dura, pues nace apenas su belleza, cuando muere en los brazos de la Noche oscura. (1867)

Metnin kaynağı: Kamu malı arşiv

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