Cantos del cautiverio

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Nos sentamos orillas de los ríos que undosos riegan la ciudad de Belo, y a llorar nos pusimos sin consuelo al recordarte, idolatrada Sión: y de los tristes sauces lloradores que le dan sombra, en los pendientes ramos nuestras sonoras cítaras colgamos, que hiera el aura leve en triste son. Y cuando nuestros crudos opresores nos dijeron: «Pulsad los instrumentos, »y a su brillante son vuestros acentos »en placenteros cánticos mezclad», «los himnos de la patria», respondimos, «¿Cómo hemos de cantar en tierra ajena? »Y al son de nuestros grillos y cadena, »¿cómo cantar la dulce libertad? »El rigor con que el cielo nos castiga »lamentos pide y lágrimas a mares: »no insultéis, no insultéis nuestros pesares »pidiéndonos los cantos del placer: »calle por siempre la culpada boca »que abra sus labios al alegre canto; »ciegos queden los ojos cuyo llanto »se canse noche y día de correr». Un anciano ¡Cuán larga edad ha que cautivo lloro! En los brazos maternos vine infante, y hoy, rugosa y doliente, se dobla al peso de la edad mi frente, antes que el sueño eterno me los cierre los campos miren de Salem mis ojos, y duerman a lo menos mis despojos allá en el suelo santo que fue el primero que regó mi llanto. Una virgen Hija soy del dolor y el cautiverio, y te conozco, Sión, ¡ay! solamente en el narrar frecuente de la adorada madre que conmigo sin cesar recordaba tu dulce, santo, maternal abrigo: mas mi patria es la patria de mis padres, no este suelo crüel y maldecido. ¡Ah! vuele presto al venturoso nido de donde ni un momento se ausenta el amoroso pensamiento. Un sacerdote Enjugad vuestro llanto, compañeros, que el instante anhelado se avecina en que surja más bella de su ruina, y nuevo asombro de la tierra sea la hermosa emperatriz de la Judea: ya miro erguirse sus soberbios muros de torres coronados; ya contemplo tocar las nubes el segundo templo que, del primero vencedor, en este mundo retrate la ciudad celeste. Y tú, tú entonces, Babilonia altiva, que hoy bebes nuestras lágrimas ufana, ya no serás sino memoria vana, sólo en las letras de tu nombre viva: vencedor despiadado, de la venganza del Señor armado, derribará tus muros cual violento, torres de nubes desbarata el viento. Al filo de su espada tus hijos caerán como la yerba que corta el segador: en tu agonía la suerte en vano de tu triste sierva envidiarás: como ella destrüida serás; más no como a ella te dará el cielo una segunda vida y del Sepulcro renacer más bella.

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