Carmen y Rafael

C Clemente Althaus
0 Altın Yaprak
Carmen a Rafael Hoy que santo deber de ti me aparta, perdona, dulce dueño de mi vida, si a los fríos renglones de una carta confío mi postrera despedida. No es bien que verte mi valor presuma: huyo tu vista, es consejo sabio que te declare la valiente pluma lo que jamás te declarara el labio. No pienses, Rafael, que poco cueste a la mísera Carmen su partida, y sin la fuerza del favor celeste nunca pudiera ser por mí cumplida, ¡Cuánto tiempo fue inútil mi porfía y mi resolución ha sido vana! Y la aurora al rayar de cada día, débil pensaba: partiré mañana! Así he vivido, ¡ay triste! un año entero de vano esfuerzo, de incesante lucha: ¡cuánto el combate y mi dolor fue fiero, sólo el cielo lo sabe que me escucha! Y si al fin pude merecer la palma en un combate tan reñido y fuerte, siento que queda destrozada el alma y herido siento el corazón de muerte. Como tal vez, por arrancar la bala de su profunda dolorosa herida, victorioso guerrero luego exhala el aliento postrero de la vida; así yo, que arranqué de lo profundo del alma enferma mi pasión funesta, conozco que mi esfuerzo sin segundo la vida misma, aunque triunfé, me cuesta. Sangre mi pecho desgarrado llora, y de tan fuerte red al desasirme, aún siento, aún siento vacilar ahora la voluntad que imaginé tan firme: aún me seduce la costumbre ciega, y a tus caricias renunciar me espanta ya para siempre, y a mover se niega trémulos pasos la cobarde planta, pero ¡qué dudo! mi vergüenza es harta en que tanto durara la pelea: hoy sin más dilación, fuerza es que parta; sí, partiré: pues ha de ser, hoy sea. Mas, si es fuerza dejarte pesaroso, no aumenten tu pesar los crudos celos: no por hombre te dejo, que mi esposo es el rey de la tierra y de los cielos. Sólo por Dios te dejo, y entretanto que recorra estas líneas tu mirada, ceñirá mi cabeza el velo santo, en santo monasterio refugiada; donde de Dios a la clemencia pida con lastimado corazón contrito, mientras durare mi doliente vida, perdón de mi feísimo delito; Donde con yerbas mi hambre satisfaga Y sea mi descanso el suelo duro, y hecha por los cilicios viva llaga, pague la carne su deleite impuro. ¡Oh paciencia de Dios! seis largos años, hecho Luzbel de nuestras almas dueño, del adulterio en los mortales daños, hemos dormido de la muerte el sueño. Sí; fue Luzbel quien con astuta traza cubrió de flores tan inmundo cieno, y del amor en la dorada taza beber nos hizo su mortal veneno. Pero al fin el Señor de mí apiadado, desvaneciendo el infernal hechizo, la horrenda enormidad de su pecado al ciego corazón conocer hizo. Y al escuchar en el sagrado templo de Dios un día la eficaz palabra de castigo ofrecer terrible ejemplo, al fin es fuerza que los ojos abra. Desde entonces el alma no ha tenido un instante siquiera de reposo, y ni la santa voz daba al olvido ni quebrantaba el lazo poderoso. Juzga cuál fue mi miserable estado, cuando al remordimiento dando abrigo a la vez que al amor, no me era dado ni sin ti ser dichosa, ni contigo. Por eso me mirabas pensativa y tu alegría me encontraba triste, y a tu caricia más ardiente y viva con mudo lloro responder me viste. ¡Ay! cada noche, mientras tú a mi lado del sueño disfrutabas el sosiego, a mi despierto espíritu espantado presente estaba del Infierno el fuego. Me mantenía sin cesar despierta mortal espanto hasta la aurora fría, quedar temiendo entre tus brazos muerta, si al sueño un sólo instante me rendía. ¡Cuántas veces al vil cómplice lecho con perfecta ilusión mis tristes ojos catre de llamas le miraron hecho, donde ardían de entrambos los despojos! Y ya sentía al celestial castigo raudo bajar, cual repentino trueno, sobre ese lecho adúltero que abrigo daba en mis brazos al esposo ajeno. Mas otras veces, con serena frente, cual casto esposo lisonjero y blando, al mismo hijo de Dios miré presente, el alma a sus deleites convidando. Y una guirnalda de inmortales rosas del celeste jardín, y el blanco velo que guarda a sus castísimas esposas a ceñirme bajaba desde el cielo. Piensa pues cuánto fue mi desatino, juzga y comprende de mi amor lo inmenso, cuando entre el amor tuyo y el divino estuvo así mi corazón suspenso. Y pues tanto tardé en poner por obra mi santo pensamiento, a tu amor baste, como a mí culpa y mi vergüenza sobra, que vencido no fuiste sin contraste. A Dios piadoso mi plegaria envío por que tu corazón de fuerzas arme, para que sufras el tormento impío que quisiera a mí sola reservarme. Su pura gracia sobre ti descienda; él te separe de la errada vía, tu paso encaminando por la senda que a la ventura celestial nos guía. Tan noble corazón no es bien que ande por donde va la pecadora plebe: es digna de salvarse tu alma grande y de derecho a la virtud se debe. Haz que, si llega alguna vez tu nombre a resonar al solitario oído, dulce nueva me lleve de que el hombre único a quien amé, no va perdido. ¡Qué consuelo llevara a mi retiro, si supiera de ti que al soberano eterno bien aspiras a que aspiro, y al mundo fementido das de mano! Esto a Aquel que los ánimos gobierna suplicará mi labio noche y día, de tu ventura y salvación eterna ansiosa aún más que de la propia mía: Por que de nuevo en la feliz morada de los gozos perennes y supremos nos junte pura e inmortal lazada, y en el Señor sin culpa nos amemos. ¡Cuál mi dolor será, si en el postrero jüicio estamos en opuestos lados, si de Dios por el fallo justiciero somos ¡ay! para siempre separados! Y aunque entonces a Sión alce mi vuelo, volveré atrás el rostro para verte, y entre los gozos que me brinde el cielo me afligirá tu infortunada suerte. Y si el alma en el cielo no se olvida de cuanto en este mundo hemos amado, ni allá podrá mi dicha ser cumplida, si te extrañan mis ojos a mi lado. Rafael a Carmen Desde que me dejaste, y a mi lado ya no me es dado a cada instante verte, sin ti viviendo estoy, desesperado, una vida más triste que la muerte. Me espanta cada interminable día que he de pasar sin ti, desde que empieza: ¡Qué existencia ¡ay de mí! va a ser la mía, privada de tu amor y tu belleza! ¿Y un día y otro día igual me espera? ¿Y un mes tras otro mes, y año tras año? ¿Y habré así de pasar la vida entera en tal ausencia y en dolor tamaño? Tan espantosa negra perspectiva a contemplar el alma se resiste: ¡venga al punto la muerte compasiva vida a cortar tan solitaria y triste! De tu partida a la terrible idea, que infernal sueño me parece, siento que mi razón se rinde y titubea, vencida del rigor de mi tormento. ¡Ah! si supieras, alma mía, cuánto es mi dolor y, cuando el mundo duerme, me contemplaras de profundo llanto en mares encendidos deshacerme; Si me pudieras ver desesperado en el desierto lecho silencioso, revolverme del uno al otro lado sin encontrar alivio ni reposo; si lamentar me oyeras mi abandono en ese lecho que por ti ser pudo del placer y el amor ayer el trono y tumba es hoy, de tu belleza viudo; aunque tuvieses las entrañas fieras de dura roca o de inflexible acero, pronto a mis brazos con amor volvieras al contemplar que por tu causa muero. Vuelve ya, ingrata, vuelve, vida mía, mira que es cierto que me estoy muriendo; la vida sin tu dulce compañía y a mí mismo sin ti no me comprendo. ¿Cómo tan dulces, tan antiguos lazos romper pudiste de tan fiero modo, y partir de improviso en dos pedazos lo que ya no formaba sino un todo? No en unión más estrecha conceptúo que son entrambos ojos un sentido, y que dos voces que confunde el dúo son una voz al encantado oído. Una vez y otra leo el fatal pliego, y aún no sé si a mis propios ojos crea: ¿y es verdad que me dejas? ¡aún no llego a creer, oh mi bien, que verdad sea! Y todo me parece un sueño horrendo del que en fin es forzoso que despierte, y a la dichosa realidad volviendo, de nuevo espero entre mis brazos verte. Cuando el día fatal de tu partida volví, tras breve ausencia, al hogar nuestro, se apoderó del alma estremecida presentimiento súbito y siniestro. Y comencé, no viéndote, a buscarte y te llamé con angustiadas voces, y toda hasta la más oculta parte la casa recorrí con pies veloces. Y en las estancias solas y calladas, otra vez recorridas y otras ciento, resonaban tan sólo mis pisadas y el eco triste de mi triste acento. Y a nuestra estancia entrando nuevamente, al fin es fuerza que la vista advierta la fatal carta que a la incierta mente convence que era su desdicha cierta. ¡Y era ese, oh Carmen, el tenaz secreto que en vano averiguaba mi porfía, cuando a la voz de mi cariño inquieto tu silencio o tu llanto respondía! ¡Ah! no pretendas entender ni esperes la extraña pena, cual ninguna viva, que sintiendo, al leer tus caracteres, en lo hondo yo de las entrañas iba. Sentí a cada palabra, a cada frase escrita por tu mano despiadada, como si el corazón me atravesase, de parte a parte, tajadora espada. Nada cerrar tan enconada herida puede: la hallará el tiempo siempre nueva, mientras durare la doliente vida, el solitario corazón la lleva: parece que ciñera sus espiras en torno al corazón ágil serpiente, y que tal vez con repentinas iras en él clavara venenoso diente. No, no es posible que el Señor reciba el vano sacrificio que le has hecho; estaba en mí tu libertad cautiva, tú no tenías sobre ti derecho. Porque tú no eras tuya, sino mía, como yo no era mío, tuyo era: ¡y pudiste dejarme! yo no habría sido capaz de ingratitud tan fiera. Me dejas, Carmen, por lograr la palma de la virtud y el premio sempiterno, ¡y yo por ti cien veces diera el alma al inmortal suplicio del Infierno! Aunque, ¿qué importan penas infinitas y gozo celestial y glorias altas? Hay cielo para mí donde tú habitas, infierno hay para mí donde tú faltas. ¡Nada hay en el Infierno que me espante, si hemos de estar entre su fuego ardiente, cual vio a Paolo y a Francesca Dante, abrazados los dos eternamente! ¡Ay! al leer ese sublime canto juntos los dos: De las eternas llamas, clamó tu dulce labio, no me espanto, si allá te amo, oh mi bien, y si allá me amas. Así dijiste, y a tu voz sentime rey de los siglos y señor del hado, al ver, oh Carmen, por tu amor sublime el mío tan fielmente retratado. ¡Ah! pronto, tú también arrepentida, sentirás renacer tu amor potente, que un amor como el nuestro no se olvida, e invocarás mi nombre vanamente. Maldecirás aquel fatal momento de olvido, de ilusión y de demencia en que en la prisión negra de un convento para siempre enterraste tu existencia. Y entre los cantos del postrado coro de las vírgenes castas, a tu oído tan claro sonará mi «yo te adoro», cual por mi labio entonces repetido. Tan viva ante el altar, tan verdadera será por ti mi imagen contemplada, cual si yo mismo a interponerme fuera entre el rostro de Cristo y tu mirada. No te valdrá ni penitente ayuno, si del azote las sonantes cuerdas; mi recuerdo, ofreciéndose importuno, tan dura penitencia hará que pierdas. Mas no pienses que oculto monasterio de mi amor implacable te liberta; romperé tu violento cautiverio, derribaré la usurpadora puerta. No habrá santo lugar do te asilares que contra mi furor no sea vano, y hasta del mismo pie de los altares te arrancará, te arrancará mi mano. Que ya de un todo estoy desesperado, nada en la tierra ni en los cielos temo, si habrá horror de sacrílego atentado que me acobarde en mi delirio extremo. Rafael a Carmen Un año presto hará de tu partida, que cual siglo ha pasado lentamente, si hay año o siglo que las horas mida al que vivió de tu beldad ausente. Viendo que eran en vano los papeles que mi delirio me dictó sin cuento, de dolor casi loco, los dinteles nunca, dejaba del fatal convento. Verte imploraba entre las dobles rejas y un instante siquiera hablar contigo, para que oyeras mis dolientes quejas y de tanto dolor fueses testigo. Imaginar, imaginar no puedes los dardos que mi pecho atravesaban, cuando sorda te hallé cual las paredes que del mundo y de mí te separaban. Aquí de todo la memoria pierdo: turbome el juicio mi dolor profundo, y en triste lecho mi primer recuerdo me encuentra por tu culpa moribundo. Larga fue y dolorosa mi agonía; y yo, sin esperanzas ya de verte, esperaba mi fin con alegría; pero triunfó la vida de la muerte. Apenas vivo, me arrancó de Lima de fiel amigo la piedad fraterna, creyendo que aliviara ajeno clima el mal del cuerpo, y la pasión interna. Mas no tan presto cual los otros males el hondo mal del corazón se calma: cesaron mis dolencias corporales, mas no hallé nunca la salud del alma. Nada distraer pudo un pecho ajeno eternamente a cuanto tú no seas, e indiferente y aún de hastío lleno contemplé las grandezas europeas. Mujeres vi que proclamaba bellas como deidades la asombrada gente; mas deslustraba la hermosura de ellas tu sola imagen sin cesar presente. En vano, en vano mi mirada amante otras hermosas encontrar procura, y para mí tu cuerpo y tu semblante único tipo son de la hermosura. La mujer más hermosa y hechicera nada al alma me dice ni al sentido cual si tu sexo para mí estuviera a ti tan sólo, oh Carmen, reducido. Siempre te amé, sin que del hombre vario la ley universal me comprendiera, como amaba en el mundo solitario el primer hombre o la mujer primera. ¡Oh tormento perpetuo y desmedido! ¡Amarte tanto e imposible verte! ¡Y no esperar conformidad ni olvido ni siquiera en el seno de la muerte! ¡Sentir que en cualquier parte donde fuera, en la tierra, en el cielo, en el abismo, mi amor sería siempre y donde quiera la más íntima parte de mí mismo! Mas ya estoy libre: nuestro amor no huella la ley divina, ni la ley del hombre ahora que duerme en el sepulcro aquella que sólo tuvo de mi esposa el nombre. Ve que Dios mismo nuestra unión ordena, haciendo ahora con bondad piadosa que rota quede mi nupcial cadena antes que seas su inmortal esposa. Viendo mi amor y que menguar no puede, (¡por tan alta piedad sea bendito!) cual rival generoso, a mí te cede y me da poseerte sin delito. Ya queda nuestro amor santificado y elevado a sublime sacramento: ya vivir puedes con tu amante amado sin sentir ni causar remordimiento. ¡Cuán felices seremos! nuestra vida, aquella vida de perenne encanto, se verá renovada o excedida, convertido el amor en deber santo. Te llamará la sociedad mi esposa, y te verás de todos respetada; pero, si Lima ya te fuere odiosa, fijarás donde quieras tu morada. Lejos de un mundo vano o importuno, nos dará asilo solitaria aldea, do no te pueda conocer ninguno, y el uno al otro su universo sea. O iremos a vivir en el desierto que me será contigo un paraíso: yo habito el cielo por tu amor abierto, el suelo no que indiferente piso. O si conmigo visitar prefieres el mundo que abandona mi navío, por ti y contigo encontraré placeres do sólo he hallado sin tu amor hastío. ¡Qué placer me será en tu compañía visitar las ciudades y lugares que me escucharon solitario un día tu ausencia lamentar y mis pesares! ¡Cuántas horas pasadas nuevamente en ese estrecho platicar süave, el mismo siempre y siempre diferente, que Amor con pocas voces variar sabe! ¡O en esas dulces pláticas calladas en que, asomado a la pupila tersa, con la lengua sin voz de las miradas lo más secreto el corazón conversa! Te contaré la dolorosa historia de lo que ha sido sin tu amor mi vida, y no será tormento su memoria, si la miro por ti compadecida. En la dicha de verte y escucharte iguales lo futuro y lo pasado, parezca el año que infeliz los parte horrible sueño por Luzbel enviado: sueño que hará más dulce todavía la feliz realidad que le suceda, como, tras noche tenebrosa, el día su faz ostenta más serena y leda; o cual más pura y halagüeña y grata la luz del sol a las miradas brilla de aquel que de los lazos se desata de nocturna espantosa pesadilla. Sal pues, oh Carmen, a abrazarme esposo, deja presto tu cárcel; considera que tú sola me hicieras venturoso en esta y en la vida venidera. Sólo A tu lado la virtud comprendo, ser sola puedes mi adorada guía; y de ti y de tu ejemplo careciendo, me hallará impenitente la agonía. A Dios de mi destino darás cuenta: Salvarme o condenarme está en tu mano: mi fe conforta, mi virtud sustenta, no amor te mueva, mas deber cristiano. Si tu salida mi esperanza premia, será mi vida himno de gracias pío; mas será sólo perennal blasfemia, si te niegas, crüel, al ruego mío. De ti privado, los dolores siento que, en dos partida por etérea espada, sintiera un alma, en el sin par tormento de vivir de sí misma separada. No hagas, tras esperanza tan ardiente, no hagas que el más horrible desengaño i desventura, y mi dolor aumente, y crezca todavía mal tamaño. ¡Ah! si, los lazos que me ataban rotos, a honesta dicha tu crueldad resiste, si dar aún quieres los eternos votos, si tan cambiada estás de lo que fuiste; ¡ah! si mi ruego gemidor se estrella, cual mar en roca, en tu virtud de acero, si no guarda tu pecho una centella, si una centella del ardor primero; ¡ah! si la nave a quien vestir querría las alas del amor y del deseo, a tus brazos amantes no me guía y a los vínculos santos de himeneo: ¡ese mar que se extiende tan sereno se revuelva con súbita tormenta, y me sepulte en su rabioso seno antes que tanto desengaño sienta! ¡Oh! ¡si así fuera!... pero no, no cabe tanto rigor en la crueldad humana: rápida, vuela, perezosa nave, que ser no puede mi esperanza vana. Así el triste sus ansias escribía, y de lenta acusaba la nave voladora que a los brazos de Carmen le llevaba: ¡Con qué viva alegría rayar miraba cada nueva aurora, de su llegada avecinando el día! Todo, todo calmaba sus pesares; ¡para él el cielo de placer reía, y ventura y amor le prometía hasta la voz de los azules mares! «Movida Carmen de mi ardiente ruego, (así hablaba consigo, enamorado) su sagrada prisión dejará presta, y de nuevo a su lado será mi vida perdurable fiesta: y mayor la alegría tras la pena, en la larga cadena de mis felices años, parezca el que he vivido en el destierro de la beldad que adoro, tosco eslabón de hierro en real cadena de diamantes y oro». Más no lo quiso la enemiga suerte, enviándole tormenta, causadora de muerte no, más de fatal demora más triste que la muerte; y bolló la patria orilla el desdichado en la mañana, del siguiente día de aquel en que ya había de Carmen fenecido el noviciado. Vuela a Lima, y el bruto que, cual dardo, el camino devora, herido por la espuela punzadora, aún le parece a su impaciencia tardo; y hasta le fuera lento el vuelo de su mismo pensamiento. Para al fin su fantástica carrera en los santos umbrales del convento; del jadeante corcel se precipita, y, como a nadie viera, llama y golpea con violenta mano, cual si la puerta derribar quisiera: tras un breve momento le responde entreabriendo la portera: «Dad a Carmen Ramírez al instante ésta», le dice, y en sus manos pone la carta que a dos vidas interesa: «Carmen Ramírez» repitió la hermana, »es ella en este instante quien profesa». Desalado a la iglesia entonces corre, de una curiosa muchedumbre llena, donde, al compás del órgano sagrado místico canto suena: ya el ministro del ara a la esposa de Cristo ministrara en hostia breve, el alimento donde Dios la tremenda majestad esconde que en la anchurosa creación no cabe; cantaba Carmen los eternos votos, y escuchó Rafael el conocido acento de esa voz que el más süave canto fue siempre a su amoroso oído: romper aquel espeso mar de gente en un punto veloz su esfuerzo pudo, y cuando ya del coro estuvo en frente y miró a Carmen, le gritó «detente, no pronuncies tus votos: ya soy viudo». Tarde era ya: las sílabas finales en los labios de Carmen resonaban de las voces fatales que por siempre del mundo la apartaban: de Rafael a la presencia y voces todo el concurso enmudeció suspenso; todos quedan inmóviles de espanto, y sin acción el sacerdote santo. De rabia lleno y de furor inmenso, a sacrílego exceso se arrojara desesperado Rafael entonces, si Carmen con dolor no le mirara. ¡Ay! ¡qué mirada aquélla! ¡Cuánto le dijo a Rafael en ella! Bien mostraba su pálido semblante de larga y cruda penitencia el sello; nunca empero más bello resplandeció a los ojos de su amante; ni nunca enviaron sus celestes ojos más dulce, más angélica mirada que la que entones, en Rafael clavada, calmó la tempestad de sus enojos. Cual borrascoso mar, si el sol le mira rompiendo nubes, se apacigua, luego, así murió de Rafael la ira ante aquel mudo y elocuente ruego. Asidas de los hierros ambas palmas y a ellos pegado el rostro, en Carmen fijo, cuanto dicen las almas a las almas con las miradas, Rafael le dijo: al fin su pena reventó con llanto, con sollozos y agudos alaridos, en el silencio universal oídos por toda la extensión del templo santo. Cuantos aquella escena presenciaron y a un hombre como un niño llorar vieron, su dolor infinito comprendieron y jamás de ese llanto se olvidaron. Y era su duelo y su pasión tan fuerte, tan fiera su congoja, que sólo el llanto que sin tasa vierte y esos sollozos que de lo hondo arroja libertarle pudieron de la muerte. También Carmen lloraba, y padecía tormento aún más grave, lo que ninguna voz decir podría, lo que Dios sólo sabe. Al fin las recobradas religiosas tras espesas cortinas la ocultaron, mientras a Rafael manos piadosas exánime del templo le arrancaron. Carmen a Rafael ¡Qué fue de mí, al oírte, de repente, y de mi unión en el solemne instante con mi esposo divino, al ver presente, tras larga ausencia, a mi terreno amante! ¡Qué fue de mí, cuando escuché tu llanto y tus gemidos de amargura llenos! Nunca pecho mortal padeció tanto: quizá tú mismo padeciste menos. Luego al leer tus amorosas letras que enternecieran a la más ingrata, el alma con mil dardos me penetras, y la memoria de otra edad me mata. Celoso tuve a mi divino esposo, con el recuerdo de un amor profano, y el santo lazo pareciome odioso que hizo que el tuyo se rompiera en vano. Más en el polvo prosterné la frente, mi ruego al cielo sin cesar implora; y doblando el martirio penitente, he salido de nuevo vencedora. Y al fin el alma serenada y quieta, fortalecida en el favor divino, al fallo omnipotente se sujeta hasta entender que cuanto fue convino: hasta entender por fin que, ni siquiera después de muerta la infeliz que en vida tan vilmente ofendimos, ser debiera nuestra unión por el cielo consentida. Y aunque mi llanto sin cesar la expía, aún le faltaba este dolor gigante a esa unión tan adúltera e impía, para que expiada fuera lo bastante. Y es bien que el matrimonio Dios prohíba a aquellos cuyo crimen lo adelanta y que corrompen con unión lasciva sus castos goces y su dicha santa. Y con justo castigo determina la suprema justicia rigorosa negar a la que fue tu concubina el santo nombre y el honor de esposa. Dios empero aún amarte me consiente; mas de humanas flaquezas acrisola aquel amor antiguo delincuente, y hoy en Dios te amo y con el alma sólo. Te amo cual, sin corpóreas vestiduras, se aman de Dios a la inmortal presencia las vírgenes aladas criaturas que sexo desigual no diferencia. Con mayor perfección a ti me liga cuanto amor cabe, puro, en alma humana, y soy más para ti que casta amiga, que santa madre, que inocente hermana. Mi amor se ha convertido en un anhelo de tu bien, tan continuo tan ardiente, que para verte merecer el cielo cien muertes padeciera alegremente. Vuélvete a Dios, oh Rafael querido, y dilo eterno al engañoso suelo; por mí, por nuestro amor yo te lo pido, dame, antes de morir, este consuelo. Este mismo dolor que hoy te traspasa te lleve a esa piedad consoladora que a cuantos la buscaron dio sin tasa los inmensos caudales que atesora. Busca el consuelo allí do solamente hallarle es dado al corazón humano, ni des el agua de mezquina fuente a sed que necesita un océano. Si tanto aquí ansias el estar conmigo, ¿querrás de mí por siempre separarte? Sigue la senda que te enseño y sigo por que vayamos a lo misma parte. Piensa, con alma a la partida presta, que el mundo nos separa un día breve y que del cielo la perenne fiesta solemnizar nuestro himeneo debe. Como aguarda pareja enamorada, para estrechar el nudo suspirado, que se acabe la espléndida morada digno hospedaje de su nuevo estado; así nosotros, desdeñando ahora este mundo, esperemos veladores que se abra la mansión merecedora de acoger y premiar nuestros amores. ¿Y mi voz desoyeras? no, yo fío, que presto Dios te arrancará al pecado, condolido por fin del ruego mío, y de tan gran conquista interesado. Sin cesar me repite una esperanza santa y secreta, cual de Dios promesa, que aplaudirá mi celo tu mudanza antes que baje a la callada huesa. ¡Pronto será! que como seca yerba mi cuerpo muere, o como flor marchita: ya llama Dios a su doliente sierva y a la morada celestial la invita. Tal vez me asalta un ímpeto violento de súbito morir, que por ti domo: alas inquietas en el alma siento y en cada miembro perezoso plomo. Parece que la triste prisionera que ansia mayor de libertad acosa sólo saber tu conversión espera para romper su cárcel enojosa; volando al mundo que en su seno santo toda belleza y venturanza encierra y que reúne para siempre cuanto por breve tiempo separó la tierra. Mis ruegos oye: merecer procura esa mansión tan venturosa y bella, para que pronto, de tu bien segura vaya a esperarte, oh Rafael, en ella. (1867)

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